Desde luego

Cortó la comunicación; guardó el móvil en el bolsillo. Sus palabras, en lengua extranjera sonaban como latigazos, pero en el fondo ocultaban a un hombre que actuaba como un muchacho dolido. Por fin, en medio de su rabia, atinó a hablar en español.

-Dice que no puede salir que está cansado y tiene veintiún años.

Su interlocutor, que hasta el momento le había estado observando en silencio, enarcó las cejas.

-¿Cómo?

El hombre continuó hablando, como si no hubiese oído la pregunta

-Que está cansado dice… Tiene veintidòs años ¿Entonces yo, que tengo cincuenta? P…, vive en J… pero trabaja donde vivo yo ¿Lo conoces?

El español negó con la cabeza.  Conocía a muchos de la misma nacionalidad por su trabajo. Pero solo de vista. Los saludaba cuando los veía por la calle, pero ignoraba sus nombres. De modo que se limitó a ladear la cabeza para permitir que el otro continuase hablando. La ira procedente del dolor es en grado alto inflamable. Lo mejor era dejarle curso libre. De intervenir solo cuando fuese necesario.

El inmigrante volvió de nuevo a su lengua materna. Su mujer trataba de calmarlo siseándole  como si fuese un niño pequeño. Pero él continuó hablando, otra vez en español, sin hacerle caso. Habían quedado con P…, el muy c… los había dejado tirados. Él y su mujer, habían acordado llamarlo para avisarlo, cuando estuviesen acercándose

-¡Y ahora me viene con eso!

La mujer siseó con más intensidad. Algunos pasajeros, en el autobús, comenzaban a girar la cabeza. Sí, ahora era una buena ocasión para decir algo.

-Cálmate, hombre. Hazle caso a tu señora. De cabrearte no sacas nada

-¿Es que nunca te ha pasado a tí? le preguntó el hombre sacando la cabeza adelante por encima de los hombros.

El español entornó los ojos, la mujer rió y el marido un poco a su pesar terminó sonriendo

-Mira R…esto viene con el sueldo por ser de la raza humana. Si fueses un saltamontes solo tendrías que preocuparte de que no se te comiese la araña.

Los dos extranjeros, se miraron sorprendidos. Un familiar les había hablado ya de las ocurrencias de aquel conocido que los observaba sin inmutarse. El hombre fue el primero en echarse a reír soltando una carcajada sonora.

-Te quedarás a tomar algo con nosotros ¿No?

El español contestó con una media sonrisa

-Desde luego.

 

PERDIDO ENTRE CONOCIDOS

Las luces se encendieron. La fiesta empezaba a animarse. El se sentía exiliado de sus amigos, perdido entre conocidos. Cuando empezaba a sentir un nudo en la garganta y se disponía a volver a casa para lamerse las heridas, sonó el teléfono. La conversación no duró más de cinco minutos, sin embargo estaba satisfecho: había obtenido una respuesta.