VERSIÓN MEJORADA DE EL SUMIDERO (un antiguo cuento)

Se despertó sobresaltada. Siempre el mismo sueño. Estaba cubierta de agua que se cerraba por encima de su cabeza mientras se hundía entre el azul y el verde, entre burbujas pequeñas, infinitas. Luego el silencio.
Entonces abrió los ojos.
El sol de la tarde se deslizaba por los tejados. Se vistió con rapidez y tras coger el casco, se subió a la bicicleta para echar a rodar donde el instinto o lo que fuese la guiara. Al final su marcha la dirigió al mismo pozo donde ella iba a bañarse con su familia cuando era niña. Llegó allí en menos de una media hora. El lugar no había cambiado. Parecía que el tiempo se había congelado, como si fuese una fotografía. Frente a ella, el agua transparente, como una tentación. Pero no, no podía. Su obsesión de morir ahogada le impedía aprender a nadar. Muchas veces miró con envidia a sus hermanos y sus amigos mientras se adentraban en el pozo, sin ningún miedo. En varias ocasiones había intentado dejar atrás esa fobia. Inútil. En cuanto el agua la cubría más allá de la cintura, el terror la paralizaba hasta el punto de dejarla bloqueada.
Ella volvió a examinar el río con cautela. Su caudal estaba algo crecido por culpa de las últimas lluvias, pero la tentación de mojarse los pies era demasiado fuerte. Se quitó las zapatillas deportivas, los calcetines y bajo por la roca para sentarse en uno de sus salientes. El terreno estaba resbaladizo; en cuestión de segundos se vio a si misma igual que en el sueño de la siesta: Verde y azul mezclados con burbujas amenazantes. Imposible pedir auxilio. Solo tenía el fondo que parecía un inmenso sumidero preparado para absorberla. Entonces algo parecido a una descarga eléctrica sacudió todo su cuerpo. De manera automática empezó a agitar sus extremidades, primero de forma desordenada. Después contando de dos en dos, consiguió coordinar sus movimientos hasta mantener un ritmo regular, que le permitió salir a flote y alcanzar la orilla.
La ropa estaba húmeda, pero lo peor era la perspectiva de tener que volver a casa con los pies mojados. Molesta miró a su alrededor para encontrar algo con que secarlos. Al final decidió utilizar la hierba como si fuese un felpudo. Por debajo de la roca, el agua discurría plácida. Ella sonrió entre lágrimas nerviosas
-¡Vaya una forma de ahorrar en sicólogos!

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CUESTIÓN DE GEOMETRÍA

Le dijeron que no debía de estar allí, que todos los asientos estaban ocupados. Entonces pensó que entre los de afuera podría encontrar hueco. Tampoco hubo suerte. Un día salió, a primera hora de la tarde, cuando las calles respiraban el sopor de la sobremesa, salió a la plaza, trazó una circunferencia en el suelo y se salió por la tangente.