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A perro flaco

Por segunda vez en lo que va de noche la abuela llora. El dicho de que a perro flaco…. parece que va cumpliéndose punto por punto. No hace ni dos semanas que mi hermano ha muerto de una sobredosis, y a mi madre no se le ocurre otra cosa mejor que desaparecer. Si soy sincero no debería de extrañarme. Estos últimos días le dio por ir a los sitios que Joel frecuentaba. Llegaba a las tantas borracha o drogada, pero no estaba ida.
A mi padre esto lo supera. Se refugia en el trabajo y después del funeral de su hijo ha bloqueado el paso a las lágrimas. Cuando se enteró de la desaparición de su mujer, se encerro en su estudio y me dejó a mi solo con el fregado. Esta tarde no fue una de las mejores de mi vida. Elisa mi hermanas pequeña ha tenido problemas en el Insti. Ayer llamaron a casa, Se había peleado con una compañera y se había enfrentado al profesor de guardia. Como parece ser la tónica en estos tiempos, me tuve que comer, como quien dice, el marrón. La cara que puso el jefe de estudios cuando me vio en su despacho a mí en vez de mi padre fue todo un poema. Argumentó que yo no tenía la representación del cabeza de familia, yo le dije que era mayor de edad, le dí la mejor excusa que me pareció para mi padre y escuché con la mayor tranquilidad ue pude la exposición de los hechos. Después busqué a mi hermana por todo el Instituto. Me la encontré en el bar de la esquina con la cazadora preferida de Joel. La agarré por el brazo, la saqué fuera y traté de quitársela. El pollo que montamos fue de los que hacen historia, Terminé abofeteándola y ella me arañó la cara. Desde entonces está encerrada en su cuarto, del que no salíó ni para comer.
Y ahí esta abuela. La pobre yaya trata de mantener el tipo delante de nosotros. Ahora que piensa que no la veo se ha sacado un clinex del bolso, finge que se suena, pero se ha secado las lágrimas. Lo que no tiene de preparación lo suple con una inteligencia natural y un sentido de la observación fino. Solo necesitó dos llamadas para darse cuenta de que las cosas no iban bien. No se lo pensó más. Vino a casa para ayudar y se encontró con que su hija había perdido los papeles
-Ánimo yaya, le digo dándole una palmada en el hombro. Ella me mira, trata de sonreir y me pasa la mano por la cara. Para Isolina la de Telmo, como la conocen en el pueblo, eso es hacer un auténtico exceso. Ahora llaman al teléfono. Me levanto de la mesa para contestar, con la mala sensación de no haber sido capaz de darle un beso de consuelo a la yaya pero sé que no lo habría aceptado. Cojo el receptor
– ¿Si?… ¿La guardia civil?…. ¿Que está en León?… Está bien agente, muchas gracias. Iremos a buscarla esta tarde.
Cuando cuelgo el aparato mi abuela con los ojos echando ascuas me dice
-Ni se te ocurra. No es tu cometido. Ya hiciste bastante
Sin vacilar un segundo, se dirige al despacho de mi padre, llama con firmeza a la puerta y dice
-Victor, sal de tu pasmo. Tú y yo tenemos que ir a buscar a tu mujer.

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Que seas feliz

El cielo estaba blanquecino, con unos matices de óxido, señal de frío y de viento del sur. El hombre levantó la cabeza y suspiró. El invierno se hacía largo, pero con su situación daba lo mismo. Daniel López Tuñón llevaba encerrado años en el mismo edificio. Se había saltado la ley; tenía que pagar su deuda. Lo sabía, sin embargo la necesidad de libertad venía con el aire frío que se colaba a través de la ventana. La llamada del guardián anunciándole que tenía visita, lo sacó de su ensimismamento. Daniel enarcó las cejas Hacía tiempo que nacie venía a verlo. Con indifierencia se levantó y siguió al funcionario hasta la sala de visitas. Ahí se encontró con una mujer joven, de unos veinte años. Tras un examen rápido comprobó que era bien parecida de pelo oscuro y ojos claros. Por un momente se le pasó por la mente la idea de si fuese más joven… pero la rechazó con una leve agitación de cabeza ¿Quién podría ser ? La curiosidad dejó atrás a la lujuria. Aceleró el paso y se acercó a la mesa donde se encontraba la joven
-Hola papá
Estas palabras conmovieron su interior, el preso tuvo que apoyarse contra la silla para no dar un traspies
-¿Sonia?
La útlima vez que la había visto era una niña de unos cinco años, ahora se encontraba delante de una desconocida. El hombre se la quedó mirando sin poder articular una palabra. La chica dijo
-¿No vas a decir nada?
Daniel tragó saliva antes de hablar
-Como has crecido ¿Qué quieres?
-Sabes que mamá no nos dejaba acercarnos para verte. Ahora soy mayor de edad y vengo a decirte que voy a casarme.
El padre se estremeció. Las imágenes de una niña en sus brazos, jugando, curzaron por su cabeza a velocidad de vértigo ¿En qué se había ido su vida? ¿Qué le podía decir a esa mujer que venía anunciarle su enlace?
-¿Es buen chico? Vaya una pregunta, no tengo derecho a hacerla. Soy su padre técnicamente, nada más, pensó, pero no se me ocurre otra cosa que decir
La muchacha lo miró con ironía antes de contestar
-Si, se llama Nicolas. Tengo una foto. Mira, es éste
Daniel cogió la fotografía. En ella aparecía un muchacho rubio de ojos grises, que

miraba de frente a la cámara. El recluso le echó un vistazo largo
-Parece bueno, sentenció. Me alegro por tí
-Gracias. La joven recogió la instantánea y la guardó en su bolso. Javier la observó. Por un momento quiso añadir algo más, pero no le venían las palabras. Padre e hija se miraron en silencio hasta que el guardia volvió con el aviso del final de la visita. El preso se levantó y se dispuso a volver a su celda, pero antes se giró y le dijo a su hija
-Que seas muy feliz.

Hoy es navidad

Todos los años, la familia Mendiola recibía el regalo de unos primos que vivían en el campo. Unas veces era un pavo. Otras. un saco de nueces. En esta ocasión la mujer del primo Isidoro, que era buena cocinera, decidió lucirse preparándoles una anguila de mazapán. El presente llegó a casa de los homenajeados unas semanas antes de las fiestas navideñas. Al verlo Óscar Mendiola, decidió que algo con tan buena pinta, tenía que quedar expuesto en una mesita auxiliar del comedor. Su mujer Adela, accedió a sus deseos, no sin dejar claro a los chicos que la anguila no se tocaba hasta el día de Navidad. Los hijos prometieron que ni la mirarían y la anguila se quedó allí a la vista para tormento de Carmen la más pequeña. A ella solo le interesaba la yema que había en su interior. Desde el primer momento su pequeño cerebro, se puso a dar vueltas, para encontrar la manera de probar un poco de esa exquisitez. Lo primero que se le ocurrió fue hacer un agujero en la cola e ir sorbiéndola poco a poco con una paja. El truco le funcionó hasta que la yema se fue acumulando en el centro de la masa de mazapán, Carmen se vio obligada a pensar en otras estrategias. La inspiración le vino viendo tejer a su madre. A escondidas la chiquilla cogió la aguja más fina de su bolsa de labor, la introdujo con mucho cuidado en el interior del pastel y fue extrayendo el relleno cada día hasta que no quedó nada. Sin embargo nadie se dio cuenta porque la pequeña lo había hecho con tanto cuidado, que por fuera la anguila permaneció intacta.
Por fin llegó la comida de Navidad. Su padre no paraba de presumir del buen aspecto del postre reservado para la ocasión, como si fuese el plato más caro del mundo. En ese momento Carmen comprendió que podía ser descubierta. Con mucho disimulo se colocó cerca de los mayores a ver si alguno se daba cuenta de su hazaña
-Ya veis la buena pinta que tiene seguía insistiendo el anfitrión .
El tío Gerardo, hermano mayor de Óscar se acercó a la anguila de mazapán y admitió como el gran goloso, que era el mejor colofón para un banquete como el que iban a tener
-Aunque supongo que no soy el único que tiene tentaciones ¿No Carmen?
A la niña le dio un vuelco el corazón y contestó en voz baja
-Si, tío Gerardo. La yema está muy rica.
Entonces Óscar que no se había percatado de la presencia de su hija dijo
– ¿Pero qué haces aquí? Anda vete con tus hermanos y tus primos a jugar. El primo Miguel trajo video juegos ¿A que si Gerardo?
-Claro, seguro que te lo estás perdiendo. Anda guapa, haz caso a tu padre.
Carmen obedeció y abandonó el comedor. De vez en cuando giraba la cabeza para comprobar si había sido descubierta. Su madre que venía de la cocina la sorprendió
-Pero ¿A ti qué te pasa? Mira que estás rara hoy. Vete a avisar a tus hermanos y a tus primos para que vengan a comer. A ver si dejan esos dichosos video juegos en paz
-Vale mamá.
Todo el mundo se sentó a la mesa. La comida transcurría con buen humor. Los adultos alababan las habilidades culinarias de la dueña de la casa, los niños hablaban lo y reían por lo bajo, de vez en cuando Adela y la tía Elisa los reñían. A medida que se iba acercando el momento de tomar el postre Carmen iba sintiendo un nudo en el estómago
-¿Qué te pasa Carmen? Preguntó su madre. Estás comiendo como un pajarito
– Estará haciendo hueco para la anguila dijo su padre.
Adela se levantó alzando las manos
-Dichosa anguila. Si lo sé no hago comida. A ver, los que vayáis terminando pasadles los platos a Elisa. Carmen y Miguel ponéis los platos de postre y tú, Oscar haz los honores.
Su padre no se hizo repetir dos veces la orden. Se dirigió a la mesa auxiliar, cogió la anguila y la colocó en el centro de la mesa. Después cogió un cuchillo y empezó a partirla.
-¿Dónde está la yema? Preguntó Pablo el primo más pequeño con tono decepcionado. Dijisteis que había
Öscar no dijo nada durante unos segundos. Luego giró la cabeza y gritó
-¡Carmen!
La aludida abrió la boca. Quería decir algo, pero no pudo emitir ningún sonido
-¿Qué hiciste? Preguntó el padre iracundo avanzando hacia ella, pero el tío Gerardo lo detuvo
-Venga Óscar, es Navidad. No vale la pena estropear este momento por un poco de yema. Total la anguila sigue entera y nos la vamos a comer igual.