El maldito libro

Habría sido el crimen perfecto. La acción se había desarrollado con limpieza y rapidez. El arma escogida para la ocasión, no solo era efectiva, también fácil de ocultar. Además había contado con el tiempo más que suficiente para limpiar el escenario de huellas o cualquier rastro que lo relacionara con aquello. “Si, pensó mientras su interrogador lo observaba al otro lado de la mesa, todo iría bien de no haber sido por el maldito libro”.

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Cuando quieras

Por una vez se tomó tiempo para respirar. Estaba furiosa. Su cita acababa de salir a la terraza a fumar, con el conocido que se les había unido a la conversación que en principio era para dos, dejándola a ella sola con el papelón de cargar con tres vasos de vino.
“Nada de escenas, pensó mientras luchaba a bocanadas con la ira que intentaba ganar palmo a palmo su garganta ¿Me voy? No, que veo que la rabia se me quedará pegada al cuerpo ¿Cómo esperará este Einsten que lleve tres vasos”
Esta última idea le vino mientras hacía una pinza con los dedos de la mano. Entonces llegó la inspiración. En pocos segundos dos de los vasos lucían un resultón estampado de huellas dactilares. A partir de ahí las líneas de actuación eran coser y cantar, tal y como le gustaba repetir a su abuela.
En ese momento el camarero pasaba llevando la cena de unos clientes en la bandeja.
-¿Vamos Irene? Preguntó
Ella contestó sonriendo con toda naturalidad.
-Cuando quieras.