Primeros años

Primeros años de escuela.
No hay nieve. Las ruedas tienen cadenas.
Pies frios, mañanas extensas como sudarios.
Jornadas con reloj en punto muerto.
Trabajo sobre una base
de hormigón y de cal viva.
Paraíso donde un trozo
de espalda de niña es una obscenidad
que despierta a las furias del infierno.

Soledad en compañía.
Los paraguas tiemblan de frío amarrados
a la dura barandilla
El patio, plagado de úlceras,
se va llenando de agua.
Entre las catorce y las dos y media
sólo una luciérnaga se atreve a asomar
la cabeza desde el túnel.

ANIMUS POST CABALGATAM II

Veo delante de mí, un paisaje en sombras.
Me aterra no encontrar ni siquiera
una mísera farola en mi recorrido.
Solo encuentro calles viejas;
empedrado gastado,
con antiguas historias
llenas de veneno.
Todo está a oscuras.
Parece el material de una pesadilla.
Nada alivia el peso
de ese espacio infinito, enorme
El aire está tan concentrado
que el simple hecho de respirar
produce dolor. Más allá de las tinieblas
hay figuras de gente riendo
y un calendario que rompe las espaldas
Sin embargo camino. La misma pregunta
late por debajo de las sienes
¿Qué puedo encontrar en este viaje?

A pie de corriente

Estoy aquí, es verdad.
La gente me reconoce;
un cielo azul se adhiere
a mis ojos.

Me rio, es verdad.
Me cuesta trabajo.
Algunas veces la luz
se va, todo queda a oscuras
Entonces me invade el pánico.
El presente y el futuro
se asemejan a una noche
donde el aire puede ser
irrespirable.

Canto. Es cierto.
Oigo mi voz deslizarse
por las notas y crear
meandros donde hay escollos
sólo en apariencia.

La brisa marina, abre
los respiraderos, rompe
los muros en mil pedazos.
Azules y verdes,
hasta ahora ignorados
llenan el espacio.

Los barrotes de la jaula
no se rompen, se disuelven.
Los pájaros de colores,
llenan el aire. Recuerdo:
las hojas me esperan
en el río.

Mi corazón late.
Es algo cierto, palpable.
Su palpitar se hace eco
en mis costillas. Recuerdo:
las hojas me esperan
a pie de corriente.