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A contracorriente

Siempre pensaron que no se enteraba. Nada de eso. Se esforzaba de forma desperada por demostrar lo contrario, pero acababa agotada y frustrada. Un día se puso a hacer un examen de conciencia, no como en el catecismo, sino más bien una revisión de recuerdos. Tras navegar a contracorriente, comprobó que el flujo partía del mismo punto de origen: Su abuela. Frente a un padre casi inexistente, pro no decir pasota, la madre de su progenitor era una figura dominante y perfeccionista. Un fallo significaba una bofetada, un castigo… Un error no se veía como algo habitual en el proceso del aprendizaje, suponía algo excepcional. Era signo de vagancia. Y eso su abuela lo detestaba. Un día después de haber participado en un espectáculo de la escuela alguien le dijo.
-¡Qué bien bailaste Bea!
La abuela en vez de mostrarse orgullosa replicó.
– Si, para eso trabaja mucho, pero todavía no sabe dividir.
Ella se quedó como siempre parada, dolida hasta que sintió una corriente que subía desde su estómago hasta su cabeza. Beatriz recordó que con la cara enrojecida retrocedió y salió corriendo del recinto escolar sin escuchar la llamada de los adultos. Su único pensamiento era “te odio abuela ¿Teniás que decir eso delante de todos?” Una amistad la detuvo e impidió que atravesase la calle. Cuando consiguió calmarla la devolvió a su abuela diciendo
– Si tienes tanto problema ¿Cómo no pides ayuda? A base de vergüenza solo conseguirás que aprenda a no aceptar las críticas.
Sin embargo la abuela no dio su brazo a torcer
– Es que no se fija
. Sí, lo hace. Sino no aprendería todos estos pasos ¿Lo harías tú a su edad? Deberías de darle la enhorabuena y olvidar por unos minutos las divisiones. Ya las aprenderá
-No puedo, me preocupo.
La amistad irguió el cuerpo y replicó
– Pues cálmate, así lo único que haces es bloquearla. Ten, aquí tienes esta tarjeta y reserva algunos reproches para tu hijo, que era el que tenía que estar preocupado. A tí tenía que caersete la baba con la actuación de hoy
La abuela suspiró asintiendo
– Con él he perdido la guerra. Mis últimas fuerzas son para esta chiquilla.

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A perro flaco

Por segunda vez en lo que va de noche la abuela llora. El dicho de que a perro flaco…. parece que va cumpliéndose punto por punto. No hace ni dos semanas que mi hermano ha muerto de una sobredosis, y a mi madre no se le ocurre otra cosa mejor que desaparecer. Si soy sincero no debería de extrañarme. Estos últimos días le dio por ir a los sitios que Joel frecuentaba. Llegaba a las tantas borracha o drogada, pero no estaba ida.
A mi padre esto lo supera. Se refugia en el trabajo y después del funeral de su hijo ha bloqueado el paso a las lágrimas. Cuando se enteró de la desaparición de su mujer, se encerro en su estudio y me dejó a mi solo con el fregado. Esta tarde no fue una de las mejores de mi vida. Elisa mi hermanas pequeña ha tenido problemas en el Insti. Ayer llamaron a casa, Se había peleado con una compañera y se había enfrentado al profesor de guardia. Como parece ser la tónica en estos tiempos, me tuve que comer, como quien dice, el marrón. La cara que puso el jefe de estudios cuando me vio en su despacho a mí en vez de mi padre fue todo un poema. Argumentó que yo no tenía la representación del cabeza de familia, yo le dije que era mayor de edad, le dí la mejor excusa que me pareció para mi padre y escuché con la mayor tranquilidad ue pude la exposición de los hechos. Después busqué a mi hermana por todo el Instituto. Me la encontré en el bar de la esquina con la cazadora preferida de Joel. La agarré por el brazo, la saqué fuera y traté de quitársela. El pollo que montamos fue de los que hacen historia, Terminé abofeteándola y ella me arañó la cara. Desde entonces está encerrada en su cuarto, del que no salíó ni para comer.
Y ahí esta abuela. La pobre yaya trata de mantener el tipo delante de nosotros. Ahora que piensa que no la veo se ha sacado un clinex del bolso, finge que se suena, pero se ha secado las lágrimas. Lo que no tiene de preparación lo suple con una inteligencia natural y un sentido de la observación fino. Solo necesitó dos llamadas para darse cuenta de que las cosas no iban bien. No se lo pensó más. Vino a casa para ayudar y se encontró con que su hija había perdido los papeles
-Ánimo yaya, le digo dándole una palmada en el hombro. Ella me mira, trata de sonreir y me pasa la mano por la cara. Para Isolina la de Telmo, como la conocen en el pueblo, eso es hacer un auténtico exceso. Ahora llaman al teléfono. Me levanto de la mesa para contestar, con la mala sensación de no haber sido capaz de darle un beso de consuelo a la yaya pero sé que no lo habría aceptado. Cojo el receptor
– ¿Si?… ¿La guardia civil?…. ¿Que está en León?… Está bien agente, muchas gracias. Iremos a buscarla esta tarde.
Cuando cuelgo el aparato mi abuela con los ojos echando ascuas me dice
-Ni se te ocurra. No es tu cometido. Ya hiciste bastante
Sin vacilar un segundo, se dirige al despacho de mi padre, llama con firmeza a la puerta y dice
-Victor, sal de tu pasmo. Tú y yo tenemos que ir a buscar a tu mujer.