Sabía que era imposible. Los trabajos, las fronteras se interponían entre ellos. Piotr insistía en que ella lo acompañase a su país, pero Luisa le decía que como asalariada no disponía con libertad de todo su tiempo para ponerse en viaje hacia Moldavía. La última vez que hablaron las fechas no se acomodaban para ella y él cortó la comunicación sin decir una palabra. Luisa no intentó recuperar el contacto. Era consciente de que era inútil: O Piotr recapacitaba o tenía que dejarlo ir.
La playa estaba vacía. La mujer caminó por la arena húmeda, despacio, hundida en sus pensamientos con el cuello del abrigo en alto por el frío. La añoranza se apoderó de ella: risas, momentos compartidos hasta que Piotr, viendo que no tenía más posibilidades en España, decidió volver a su país para después terminar marchándose a otro, A ella le había tocado esperar, sin saber a ciencia cierta cuál era su situación sentimental. Esta vez, no obtante, era distinto. La muerte de una antigua compañera de instituto por culpa de un cáncer, le hacía ver con claridad que la vida no se detenía ante la nostalgia y los recuerdos. Estaba claro que tenía que subirse al tren si no quería quedarse atascada.
Las campanadas de la iglesia la devolvieron a la realidad. Las nubes del atardecer de un rojizo intenso contrastaban con un mar teñido de azul pálido. La joven se habría quedado de buena gana a contemplar la vista un poco más, pero las bajas temperaturas apremiaban. Luisa echó a andar hacia uno de los cafés situados en el interior del puerto. Cuando iba a abrir la puerta una voz conocida la llamó
-¡Luisa!
La interpelada se dió la vuelta
-¡Carmen! ¿Qué tal? Hace tiempo que no te veo.
-Ya. Estás ilocalizable. Hoy te he llamado dos veces
Luisa rebuscó en su bolso, sacó su móvil. Las llamadas aparecían reflejadas en la pantalla.
– Lo siento. Estuve paseando por la playa y no lo oí ¿Era urgente?

-No, simplemente era para que quedasemos para tomar un café y charlar. Es que no se te ve el pelo.
-Bueno, es que estuve muy liada, respondió Luisa.
-Como todos. Dijo Car,men asintiendo con la cabeza. Oye ¿el paseo por la playa es por lo de siempre?
-Sí, solo que esta vez, creo que me ha dejado, contestó Luisa. Luego le contó a Carmen la última conversación que había tenido con Piotr y la impresión que había sacado de ella.
Con Piotr solo valían sus excusas
-Ya, respondió Carmen. Te mereces a alguien que entienda que tienes un trabajo que es importante para tí. Y que también esté cerca.
Luisa asintió suspirando. Era fácil de decir. En un pueblo a partir de cierto momento las cosas estaban ya armadas de una forma que parecía inamovible. Algunas veces ella se sentía atrapada. De no ser por su madre habría intentado irse a la ciudad. Carmen entendió lo que pasaba por la mente de su amiga. Acariciandole la espalda le dijo
-No tiene porque ser del pueblo. Por el mundo hay muchos que quieren estar con alguien como tú. ¡Brrrr! ¡Qué frio! ¿Qué te parece si entramos ?
-Perfecto
Carmen empujó la puerta, Luisa la siguió. El local tenía poca gente. Las dos jóvenes saludaron a un par de conocidos. Después, fueron a sentarse en una mesa cerca de uno de los ventanales que daban al puerto.
-Aquí podemos charlar tranquilas. Dijo Carmen.Oye ¿Sabes qué? Hoy viene un amigo mío. Seguro que os vais a llevar bien
Luisa dudó un momento. No se encontraba lista para afrontar una nueva relación. Así se lo expresó a su amiga. Carmen le puso una mano en el hombro y la tranquilizó
-No es necesario que salgáis juntos. Solo como amigos ¿Qué te parece?
-Bien, respondió Luisa. Mejor un amigo, es lo que necesito ahora. Los ligues siempre se van.

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Lunes azul

Lunes azul,
como un mar inmenso,
como un cielo sin horizonte.
Los motores van a mínimos.
Primer dÍa azul
como el hielo
¿Llegará por fin, la luz a mi patio?

El autobús se puso en marcha. Desde su sitio el joven observó cómo la lluvia trazaba dibujos caprichosos en el cristal de la ventanilla. Aún no había examinado a los demás pasajeros. Su estado depresivo lo hacía mantenerse encerrado dentro del caparazón. La cabeza giraba sin parar. Desde aquellla ruptura sentimental, se había quedado bloqueado, Tras doce años de noviazgo Lara había puesto fin a la relación aduciendo que tras un año de academia para preparar las oposiciones de penitenciaría, ella había cambiado. Luego cuando sacó la plaza ella había abandonado el pueblo para trasladarse a Galicia. Él, en cambio, se sintió tan perdido que dejó a un lado sus estudios de tesis doctoral y se había dispersado embarcándose en otros estudios sin éxito, Esa idea le produjo como siempre un hondo malestar Para conjurarlo sacó el móvil de la mochila y lo conectó a los cascos. La música de Michael Naiman le proporciono cierto alivio, pero la nube seguía pendiendo sobre su cabeza, Tanto tiempo y dinero gastado. Las montañas dieron paso a la tierra llana con sus campos de regadio y sus casas bajas de adobe. El autocar se detuvo en una área de servicio. La gente corrió a arremolinarse en torno a la barra, atendida por dos camareros. Cuando llegó su turno pidió un café solo y fue a sentarse en una mesa apartada, hasta que una voz conocida lo sacó de su aislamiento interno.
-¡Hombre Alfredo! ¿Qué haces por aquí?
El joven alzó la vista. Alejandro, su antiguo profesor de filosofía en el Instituto, se encontraba frente a él sonriendo. Alfredo se levantó y le estrechó la mano. Terminado el saludo el antiguo profesor hizo un gesto con la mano para indicar que volviesen a sentarse.
-Estoy de camino a M… respondió Alfredo mientras tomanba asiento ¿Qué tal está usted?
-Muy bien. Ahora estoy jubilado ¿Y tú? ¿Qué haces ahora? ¿Qué tal tu chica? Se llamaba Lara ¿No?
Alfredo se estremeció al oir ese nombre. Empezaba a tener asumido el final de aquel noviazgo, pero la cicatriz todavía no se había cerrado. De hecho aquel viaje a instancias de su madre era un intento de tomar otras perspectivas, lejos del ambiente de todos los días y llegar a la completa cauterización de la herida.
Haciendo acopio de aplomo respondió.
-Lo hemos dejado. Ella se fue del pueblo.
El profesor enarcó las cejas. Alfredo comprendió que había sido algo brusco en su respuesta. Quiso suavizarlo; no encontraba la forma. Alejandro tomó la palabra por él
-Lo siento. No sabía nada ¿Cómo estás tú?
-No sé. Llevo dos años parado. Comencé cosas que no acabé. Desde aquello no pude volver a estudiar
-Comprendo. Son muchos años, pero hay que entender que las personas cambian y este hecho puede conllevar el fin de otras cosas. En vuestro caso el de vuestra relación. Cuando eso pasa hay que aceptarlo, aunque cueste
Se hizo un silencio. Alfredo sentía la necesidad de decir algo, pero no podía encontrar las palabras. Alejandro siempre había sido su profesor preferido y le habría gustado que lo hubiese encontrado de otra forma. Sentía vergüenza de verse a si mismo estancado, cuando los demás se encontraban en camino de hacer su vida El profesor intuyó lo que pasaba en ese momento por la cabeza de su antiguo alumno,
-Olvidate de los demás, de mí. Le dijo. Sé de lo que eres capaz y no me cabe duda de que podrás superar esto. Disfruta de M., de los amigos que tengas ahí, recupera las fuerzas y piensa en lo que quieres hacer. Deja de compadecerte.
Alfredo asintió. Alejandro tenía razón. Estaba dando vueltas en circulo hacia ninguna parte, El tiempo de descanso tocaba a su fin. Los pasajeros que iban o volvían se iban agolpando en la puerta de salida para dirigirse a su autobús. Los dos hombres se levantaron de la mesa. El antiguo profesor le dijo a su ex alumno.
-Bueno dijo estrechándole la mano. Aqui nos separamos. Me alegro de haberte encontrado y ver que dentro de lo que cabe estás bien. Piensa bien en lo que te dije: La vida puede ser larga y corta a la vez.
La vida puede ser larga y corta a la vez. Alfredo sintió un vuelco en el estómago al pensar en esas palabras. En solo unos minutos las perspectivas habían cambiado. El viaje, antes impuesto, se había convertido en una puerta hacia nuevas ideas. El joven volvió a ocupar su asiento en el autobús: La apatía se había convertido en impaciencia. Empezaba a salir de un pozo, en el que, de eso estaba seguro, no iba volver a caer.

El humo de las chimeneas

Paisaje oscuro
con ramas desnudas.
Tras la ventanilla
todo parece contarnos
que las cosas continuarán
donde están ahora;
el humo de las chimeneas
dice, sin embargo, lo contrario.

Malditas matemáticas

Uno más uno, dos.
Dos más dos, cuatro.
Diez más diez, veinte
y otros diez treinta…
¡Malditas matemáticas!
Tan maravillosamente bellas
Tan cruelmente exactas.

Todos los años, la familia Mendiola recibía el regalo de unos primos que vivían en el campo. Unas veces era un pavo. Otras. un saco de nueces. En esta ocasión la mujer del primo Isidoro, que era buena cocinera, decidió lucirse preparándoles una anguila de mazapán. El presente llegó a casa de los homenajeados unas semanas antes de las fiestas navideñas. Al verlo Óscar Mendiola, decidió que algo con tan buena pinta, tenía que quedar expuesto en una mesita auxiliar del comedor. Su mujer Adela, accedió a sus deseos, no sin dejar claro a los chicos que la anguila no se tocaba hasta el día de Navidad. Los hijos prometieron que ni la mirarían y la anguila se quedó allí a la vista para tormento de Carmen la más pequeña. A ella solo le interesaba la yema que había en su interior. Desde el primer momento su pequeño cerebro, se puso a dar vueltas, para encontrar la manera de probar un poco de esa exquisitez. Lo primero que se le ocurrió fue hacer un agujero en la cola e ir sorbiéndola poco a poco con una paja. El truco le funcionó hasta que la yema se fue acumulando en el centro de la masa de mazapán, Carmen se vio obligada a pensar en otras estrategias. La inspiración le vino viendo tejer a su madre. A escondidas la chiquilla cogió la aguja más fina de su bolsa de labor, la introdujo con mucho cuidado en el interior del pastel y fue extrayendo el relleno cada día hasta que no quedó nada. Sin embargo nadie se dio cuenta porque la pequeña lo había hecho con tanto cuidado, que por fuera la anguila permaneció intacta.
Por fin llegó la comida de Navidad. Su padre no paraba de presumir del buen aspecto del postre reservado para la ocasión, como si fuese el plato más caro del mundo. En ese momento Carmen comprendió que podía ser descubierta. Con mucho disimulo se colocó cerca de los mayores a ver si alguno se daba cuenta de su hazaña
-Ya veis la buena pinta que tiene seguía insistiendo el anfitrión .
El tío Gerardo, hermano mayor de Óscar se acercó a la anguila de mazapán y admitió como el gran goloso, que era el mejor colofón para un banquete como el que iban a tener
-Aunque supongo que no soy el único que tiene tentaciones ¿No Carmen?
A la niña le dio un vuelco el corazón y contestó en voz baja
-Si, tío Gerardo. La yema está muy rica.
Entonces Óscar que no se había percatado de la presencia de su hija dijo
– ¿Pero qué haces aquí? Anda vete con tus hermanos y tus primos a jugar. El primo Miguel trajo video juegos ¿A que si Gerardo?
-Claro, seguro que te lo estás perdiendo. Anda guapa, haz caso a tu padre.
Carmen obedeció y abandonó el comedor. De vez en cuando giraba la cabeza para comprobar si había sido descubierta. Su madre que venía de la cocina la sorprendió
-Pero ¿A ti qué te pasa? Mira que estás rara hoy. Vete a avisar a tus hermanos y a tus primos para que vengan a comer. A ver si dejan esos dichosos video juegos en paz
-Vale mamá.
Todo el mundo se sentó a la mesa. La comida transcurría con buen humor. Los adultos alababan las habilidades culinarias de la dueña de la casa, los niños hablaban lo y reían por lo bajo, de vez en cuando Adela y la tía Elisa los reñían. A medida que se iba acercando el momento de tomar el postre Carmen iba sintiendo un nudo en el estómago
-¿Qué te pasa Carmen? Preguntó su madre. Estás comiendo como un pajarito
– Estará haciendo hueco para la anguila dijo su padre.
Adela se levantó alzando las manos
-Dichosa anguila. Si lo sé no hago comida. A ver, los que vayáis terminando pasadles los platos a Elisa. Carmen y Miguel ponéis los platos de postre y tú, Oscar haz los honores.
Su padre no se hizo repetir dos veces la orden. Se dirigió a la mesa auxiliar, cogió la anguila y la colocó en el centro de la mesa. Después cogió un cuchillo y empezó a partirla.
-¿Dónde está la yema? Preguntó Pablo el primo más pequeño con tono decepcionado. Dijisteis que había
Öscar no dijo nada durante unos segundos. Luego giró la cabeza y gritó
-¡Carmen!
La aludida abrió la boca. Quería decir algo, pero no pudo emitir ningún sonido
-¿Qué hiciste? Preguntó el padre iracundo avanzando hacia ella, pero el tío Gerardo lo detuvo
-Venga Óscar, es Navidad. No vale la pena estropear este momento por un poco de yema. Total la anguila sigue entera y nos la vamos a comer igual.

Mucho ruido

Hay mucho ruido
a pesar del silencio.
En medio de esta algarabía
busco ese centro
que me esquiva.
En la corriente del día
a dia nado entre líneas
y me ahogo en un mar
de frases que se asoman
pero nunca llegan a término.
Suena una canción.
Su ritmo se balancea
hacia el vacío de recuerdos…
Me pregunto:
¿Qué puedo aportar
si los pierdo?

Cielo azul, rabia nublada.
El camino no debe
recorrerse en una pecera,
si el vidrio se rompe,
el pez puede morir…
Los sentidos se
ponen en marcha.
La noche ya no te pertenece.
Los párpados se aligeran;
la lucidez salió dando
gritos por los pasillos.
Al otro lado de la consciencia,
se ven casas en llamas:
De una simple chispa
ha surgido el infierno.

Aunque sea con retraso

Habían pasado treinta y un años desde aquella conversación en el puerto. Los cabellos de ambos lucían las primeras luces del otoño. Él dijo: “Perdona el daño que te hice”. Ella sonrió. El tiempo y la vida habían borrado las lágrimas. Aquello había sido una cosa de chiquillos. Alzando los hombros le contestó: “ Disculpas aceptadas, aunque sea con retraso”