Que seas feliz

El cielo estaba blanquecino, con unos matices de óxido, señal de frío y de viento del sur. El hombre levantó la cabeza y suspiró. El invierno se hacía largo, pero con su situación daba lo mismo. Daniel López Tuñón llevaba encerrado años en el mismo edificio. Se había saltado la ley; tenía que pagar su deuda. Lo sabía, sin embargo la necesidad de libertad venía con el aire frío que se colaba a través de la ventana. La llamada del guardián anunciándole que tenía visita, lo sacó de su ensimismamento. Daniel enarcó las cejas Hacía tiempo que nacie venía a verlo. Con indifierencia se levantó y siguió al funcionario hasta la sala de visitas. Ahí se encontró con una mujer joven, de unos veinte años. Tras un examen rápido comprobó que era bien parecida de pelo oscuro y ojos claros. Por un momente se le pasó por la mente la idea de si fuese más joven… pero la rechazó con una leve agitación de cabeza ¿Quién podría ser ? La curiosidad dejó atrás a la lujuria. Aceleró el paso y se acercó a la mesa donde se encontraba la joven
-Hola papá
Estas palabras conmovieron su interior, el preso tuvo que apoyarse contra la silla para no dar un traspies
-¿Sonia?
La útlima vez que la había visto era una niña de unos cinco años, ahora se encontraba delante de una desconocida. El hombre se la quedó mirando sin poder articular una palabra. La chica dijo
-¿No vas a decir nada?
Daniel tragó saliva antes de hablar
-Como has crecido ¿Qué quieres?
-Sabes que mamá no nos dejaba acercarnos para verte. Ahora soy mayor de edad y vengo a decirte que voy a casarme.
El padre se estremeció. Las imágenes de una niña en sus brazos, jugando, curzaron por su cabeza a velocidad de vértigo ¿En qué se había ido su vida? ¿Qué le podía decir a esa mujer que venía anunciarle su enlace?
-¿Es buen chico? Vaya una pregunta, no tengo derecho a hacerla. Soy su padre técnicamente, nada más, pensó, pero no se me ocurre otra cosa que decir
La muchacha lo miró con ironía antes de contestar
-Si, se llama Nicolas. Tengo una foto. Mira, es éste
Daniel cogió la fotografía. En ella aparecía un muchacho rubio de ojos grises, que

miraba de frente a la cámara. El recluso le echó un vistazo largo
-Parece bueno, sentenció. Me alegro por tí
-Gracias. La joven recogió la instantánea y la guardó en su bolso. Javier la observó. Por un momento quiso añadir algo más, pero no le venían las palabras. Padre e hija se miraron en silencio hasta que el guardia volvió con el aviso del final de la visita. El preso se levantó y se dispuso a volver a su celda, pero antes se giró y le dijo a su hija
-Que seas muy feliz.

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