EN SOLO UNOS MINUTOS

El autobús se puso en marcha. Desde su sitio el joven observó cómo la lluvia trazaba dibujos caprichosos en el cristal de la ventanilla. Aún no había examinado a los demás pasajeros. Su estado depresivo lo hacía mantenerse encerrado dentro del caparazón. La cabeza giraba sin parar. Desde aquellla ruptura sentimental, se había quedado bloqueado, Tras doce años de noviazgo Lara había puesto fin a la relación aduciendo que tras un año de academia para preparar las oposiciones de penitenciaría, ella había cambiado. Luego cuando sacó la plaza ella había abandonado el pueblo para trasladarse a Galicia. Él, en cambio, se sintió tan perdido que dejó a un lado sus estudios de tesis doctoral y se había dispersado embarcándose en otros estudios sin éxito, Esa idea le produjo como siempre un hondo malestar Para conjurarlo sacó el móvil de la mochila y lo conectó a los cascos. La música de Michael Naiman le proporciono cierto alivio, pero la nube seguía pendiendo sobre su cabeza, Tanto tiempo y dinero gastado. Las montañas dieron paso a la tierra llana con sus campos de regadio y sus casas bajas de adobe. El autocar se detuvo en una área de servicio. La gente corrió a arremolinarse en torno a la barra, atendida por dos camareros. Cuando llegó su turno pidió un café solo y fue a sentarse en una mesa apartada, hasta que una voz conocida lo sacó de su aislamiento interno.
-¡Hombre Alfredo! ¿Qué haces por aquí?
El joven alzó la vista. Alejandro, su antiguo profesor de filosofía en el Instituto, se encontraba frente a él sonriendo. Alfredo se levantó y le estrechó la mano. Terminado el saludo el antiguo profesor hizo un gesto con la mano para indicar que volviesen a sentarse.
-Estoy de camino a M… respondió Alfredo mientras tomanba asiento ¿Qué tal está usted?
-Muy bien. Ahora estoy jubilado ¿Y tú? ¿Qué haces ahora? ¿Qué tal tu chica? Se llamaba Lara ¿No?
Alfredo se estremeció al oir ese nombre. Empezaba a tener asumido el final de aquel noviazgo, pero la cicatriz todavía no se había cerrado. De hecho aquel viaje a instancias de su madre era un intento de tomar otras perspectivas, lejos del ambiente de todos los días y llegar a la completa cauterización de la herida.
Haciendo acopio de aplomo respondió.
-Lo hemos dejado. Ella se fue del pueblo.
El profesor enarcó las cejas. Alfredo comprendió que había sido algo brusco en su respuesta. Quiso suavizarlo; no encontraba la forma. Alejandro tomó la palabra por él
-Lo siento. No sabía nada ¿Cómo estás tú?
-No sé. Llevo dos años parado. Comencé cosas que no acabé. Desde aquello no pude volver a estudiar
-Comprendo. Son muchos años, pero hay que entender que las personas cambian y este hecho puede conllevar el fin de otras cosas. En vuestro caso el de vuestra relación. Cuando eso pasa hay que aceptarlo, aunque cueste
Se hizo un silencio. Alfredo sentía la necesidad de decir algo, pero no podía encontrar las palabras. Alejandro siempre había sido su profesor preferido y le habría gustado que lo hubiese encontrado de otra forma. Sentía vergüenza de verse a si mismo estancado, cuando los demás se encontraban en camino de hacer su vida El profesor intuyó lo que pasaba en ese momento por la cabeza de su antiguo alumno,
-Olvidate de los demás, de mí. Le dijo. Sé de lo que eres capaz y no me cabe duda de que podrás superar esto. Disfruta de M., de los amigos que tengas ahí, recupera las fuerzas y piensa en lo que quieres hacer. Deja de compadecerte.
Alfredo asintió. Alejandro tenía razón. Estaba dando vueltas en circulo hacia ninguna parte, El tiempo de descanso tocaba a su fin. Los pasajeros que iban o volvían se iban agolpando en la puerta de salida para dirigirse a su autobús. Los dos hombres se levantaron de la mesa. El antiguo profesor le dijo a su ex alumno.
-Bueno dijo estrechándole la mano. Aqui nos separamos. Me alegro de haberte encontrado y ver que dentro de lo que cabe estás bien. Piensa bien en lo que te dije: La vida puede ser larga y corta a la vez.
La vida puede ser larga y corta a la vez. Alfredo sintió un vuelco en el estómago al pensar en esas palabras. En solo unos minutos las perspectivas habían cambiado. El viaje, antes impuesto, se había convertido en una puerta hacia nuevas ideas. El joven volvió a ocupar su asiento en el autobús: La apatía se había convertido en impaciencia. Empezaba a salir de un pozo, en el que, de eso estaba seguro, no iba volver a caer.

Anuncios