BASTONES DE CRISTAL

Voy a empezar estas lineas con la afirmación que a una buena parte de los
hombres les cuesta tener empatía. Entienden que alguien pueda llevarse un susto, un
trauma. Sin embargo, esto tiene que proporcionar una perspectiva y luego todo tiene
que ir bien. Eso es algo relativo. Crecemos con la idea errónea de que una pareja
puede y debe entrar en todos y cada uno de los rincones íntimos de la persona que
aman. Nada más falso. Si hay confianza e intimidad, puede circular con toda libertad
por una buena parte de ellos, pero conviene tener espacios ocultos bien tras una tapia,
o camuflados tras una librería, como en muchas series y películas. o en un anexo
ultrasecreto donde nadie, ni siquiera uno mismo pueda entrar, a no ser que sea para
enfrentarse a ese coco que atormenta o compartirlo con un profesional, incluso un
desconocido.
Este fue el caso de uno de mis clientes. No recuerdo bien su nombre,
llamémosle Carlos. Carlos tenía una sensibilidad quasi femenina. Le gustaba entre
infinitas cosas, la jardinera. La última vez me contó que le habían regalado unas
semillas de rosas históricas, que databan del siglo XVII. Su color y su aroma no
tenían ni punto de comparación, con el de las rosas que veíamos por ahí hoy día.
De hecho Carlos fue una de las únicas personas con la que pude hablar de los
cambios de luz que anunciaban la llegada de una nueva estación antes de que lo
hiciese el calendario, sin mirarme como si fuese una lunática. La última vez que lo vi,
me había llamado para que lo ayudase a pasar a ordenador un trabajo sobre cine, para
una asignatura que tenía pendiente. A simple vista aquello no pasaba de ser una tarea
rutinaria, pero cuando nos vimos me contó que aquello le daba dolor de cabeza. Le
hacía sentir mal el hecho de llevar aquella materia a rastras (la única que le quedaba
para acabar) por culpa de un detalle mínimo, que en realidad era el más importante.
Ni su familia, ni amigos, ni su propia pareja, sabían nada de ese contratiempo que se
unía a los agobios que conllevaba su trabajo y su ir y venir entre Madrid y Asturias.
“-Soy orgulloso, me dijo, no quiero que me anden compadeciendo, y tampoco quiero
agobiar a nadie”
Yo le repliqué
-Y se lo tienes que contar a una desconocida
-Precisamente por eso. Porque puedes escucharme de manera objetiva sin agobiarte y
sin compadecerme.”
Os preguntaréis como acabó la historia; en realidad no tiene importancia.
Después de hablar arreglamos esa pequeña omisión y no tuve más noticias. Puedo
suponer que al final todo le fue bien. El trasfondo verdadero de esta historia es que en
algunas ocasiones, los desconocidos son los que están en condiciones de escucharnos;
por un lado eso evita que caigamos en la tentación de autocompadecernos y por el
otro, ese mismo desconocido puede comprender el calado de las cicatrices que
conviene mantener ocultas. Alguien dijo que los amigos, y como no, la pareja son
bastones de cristal que pueden quebrarse facilmente.

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