Primeros años de escuela.
No hay nieve. Las ruedas tienen cadenas.
Pies frios, mañanas extensas como sudarios.
Jornadas con reloj en punto muerto.
Trabajo sobre una base
de hormigón y de cal viva.
Paraíso donde un trozo
de espalda de niña es una obscenidad
que despierta a las furias del infierno.

Soledad en compañía.
Los paraguas tiemblan de frío amarrados
a la dura barandilla
El patio, plagado de úlceras,
se va llenando de agua.
Entre las catorce y las dos y media
sólo una luciérnaga se atreve a asomar
la cabeza desde el túnel.

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