EL DESCUBRIMIENTO

Vaya una pregunta, Manolo. Pero ¿Con qué objeto quieres que me identifique una trotamundos como yo, que va de ciudad en ciudad, de escenario en escenario? Sólo
estoy en mi apartamento de Venta de Baños quince días de cada cien. Aunque cuando llego a casa me gusta estar entre mis libros, mis dibujos, los grabados…
Sin embargo si tuviese que escoger alguno, elegiría una carpeta de partituras ¿Te extrañas? Para mí la carpeta es un bastón, la puerta que me conduce a ese mundo que
amo. Cuando aquellos amigos de mis padres me llevaron a ver Nabucodonosor, se movió algo dentro de mí. En aquel momento no tuve conciencia plena de aquella nueva pulsión; era una niña. La confirmaría más adelante, en el colegio, cuando entré en el coro. Allí me enseñaron los primeros rudimentos de la música. Al principio me colocaron en el grupo de los novatos. Pero enseguida pasé al de los “titulares”. Tan pronto como cambié la blusa y la falda por la túnica, y me pusieron aquel objeto de color negro con la lira estampada en la tapa, tuve la certeza de que el coro era un peldaño para ir más allá de la mera afición. Aquello era mi vida y lucharía por ello sin que me
importase morir en el intento. Mi padre se tuvo que rendir ante la evidencia cuando me vio compatibilizar los estudios de magisterio con los del conservatorio, dejando a
un lado el cansancio por el tiempo robado al sueño.
En cuanto a eso de haber llegado a ser de los grandes, me parece que no eres objetivo. Sólo soy una más que sigue en la brecha por hacer lo que más le gusta. Así que
gracias a ti, Manolo, por haberte acordado de mí e invitarme a tu programa

Ahora que estoy lejos de los focos puedo decirlo, aunque sea para mi capote. Aquella carpeta,- aún la conservo entre mis libros-, me proporcionó un caparazón para
defenderme del rechazo que provocaba mi estatura. Recuerdo bien aquella tarde. Tenía catorce años y paseaba cerca de la finca de Don Atilano, cuando un grupo de chiquillos me obsequió con una lluvia de piedras. Me costó esquivarlos. Una me alcanzó en el brazo. Conseguí llegar a casa por el camino secreto que me enseñó mi hermano. Allí, me encerré en mi cuarto y me puse a leer las partituras como si fuesen
revistas. Sólo así pude calmar la tensión, la sangre que zumbaba en mis oídos.
Qué lejos y que cerca queda todo eso. Me parece que voy a estudiar en serio la posibilidad de mudarme a Madrid y dejar en alquiler mi apartamento. El proyecto que
me propone mi antiguo maestro del Conservatorio es interesante; ya va siendo horade que tome distancias con mi pasado

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