Enola Gay

Enola Gay ha hecho
temblar el mundo
otra vez. El blanco
y el negro han vuelto
a unir sus manos:
más funerales,
más lágrimas
de sangre. Solo
una flor pintada
de crema recuerda
que algo de
éter melódico
es posible.

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Tosía. Tosía cada vez más fuerte. Se ahogaba. La tensión había roto todos los diques. No merecía la pena seguir aguantando.

El cachorro corría, saltaba. Hacía cabriolas al tiempo que mordisqueaba la mano o cualquier cosa que se le pusiera al alcance de sus dientes de alfiler. Parecía una peonza.

La pluma se deslizaba sobre el papel. Cada letra era un espasmo. Lo importante era no volverse loca.