A contracorriente

Siempre pensaron que no se enteraba. Nada de eso. Se esforzaba de forma desperada por demostrar lo contrario, pero acababa agotada y frustrada. Un día se puso a hacer un examen de conciencia, no como en el catecismo, sino más bien una revisión de recuerdos. Tras navegar a contracorriente, comprobó que el flujo partía del mismo punto de origen: Su abuela. Frente a un padre casi inexistente, pro no decir pasota, la madre de su progenitor era una figura dominante y perfeccionista. Un fallo significaba una bofetada, un castigo… Un error no se veía como algo habitual en el proceso del aprendizaje, suponía algo excepcional. Era signo de vagancia. Y eso su abuela lo detestaba. Un día después de haber participado en un espectáculo de la escuela alguien le dijo.
-¡Qué bien bailaste Bea!
La abuela en vez de mostrarse orgullosa replicó.
– Si, para eso trabaja mucho, pero todavía no sabe dividir.
Ella se quedó como siempre parada, dolida hasta que sintió una corriente que subía desde su estómago hasta su cabeza. Beatriz recordó que con la cara enrojecida retrocedió y salió corriendo del recinto escolar sin escuchar la llamada de los adultos. Su único pensamiento era “te odio abuela ¿Teniás que decir eso delante de todos?” Una amistad la detuvo e impidió que atravesase la calle. Cuando consiguió calmarla la devolvió a su abuela diciendo
– Si tienes tanto problema ¿Cómo no pides ayuda? A base de vergüenza solo conseguirás que aprenda a no aceptar las críticas.
Sin embargo la abuela no dio su brazo a torcer
– Es que no se fija
. Sí, lo hace. Sino no aprendería todos estos pasos ¿Lo harías tú a su edad? Deberías de darle la enhorabuena y olvidar por unos minutos las divisiones. Ya las aprenderá
-No puedo, me preocupo.
La amistad irguió el cuerpo y replicó
– Pues cálmate, así lo único que haces es bloquearla. Ten, aquí tienes esta tarjeta y reserva algunos reproches para tu hijo, que era el que tenía que estar preocupado. A tí tenía que caersete la baba con la actuación de hoy
La abuela suspiró asintiendo
– Con él he perdido la guerra. Mis últimas fuerzas son para esta chiquilla.

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Olas

olas,
más olas
acumulándose en la playa;
imágenes parpadeando
al ritmo de una música
machacona.
Los nervios están expuestos
al rigor del viento;
una corriente eléctrica
recorre cada músculo
de mi cuerpo.
El impulso es correr,
sin saber a ciencia cierta
hacia donde,
abro la ventana;
un abismo oscuro
y húmedo arrastra
la espuma hacia lo más hondo.

Una pastilla para dormir

Su cerebro no estaba al cien por cien. Las mañanas no eran su punto fuerte. Llena de somnolencia apuró su café. Al cabo de unos minutos miró el reloj: Las nueve y media. A regañadientes cogió su abrigo, su bolso y abandonó el bar donde tenía la costumbre de tomar su desayuno. El frío la golpeó en la cara. Apresuró el paso. Poco a poco iba despejándose. De forma mental empezó a repasar los objetivos del día. A primera hora tendría que dejar listos unos documentos, a mediodía daría los últimos toques al discurso de su jefe. Él siempre decía que sus textos lo hacían emocionarse. Marta Arias González, secretaria de dirección, hizo un gesto irónico. Mucha alabanza, pero eso no se reflejaba en el sueldo. Por la tarde después de ocuparse de los recados, arreglaría un poco la casa y se dedicaría a llenar sus propias cuartillas. Esa perspectiva la espabiló por completo. Con buen paso, saludando a todos los que se encontraba, Marta ocupó su sitio en la oficina.
La jornada transcurrió con normalidad. El discurso que tanto la había preocupado, al final no había sido tan difícil. Solo había que quitar una palabra que estaba de más. El jefe, por su parte, se mostró satisfecho, incluso cordial… Una punzada sacudió su estómago, pero se sobrepuso. Quizás eran imaginaciones suyas, sin embargo, la inquietud seguía allí. Hacía buen tiempo. La luz de primavera, llenaba las calles. La gente paseaba, ocupaba las terrrazas. Marta pensó que sería una buena idea pararse en alguna de ellas para tomar un café. La terraza de la esquina le pareció la menos abarrotada. Sin pensarselo más se dirigió hacia allí y eligió la mesa más apartada. Necesitaba espacio para poner en orden sus ideas y pensar.
En los días sucesivos sus sospechas empezaron a confirmarse. Primero fueron comentarios ligeros que fueron subiendo de tono, luego insinuaciones, después acercamientos no deseados. Para Marta comenzó un tiempo marcado por el enfado y la culpa, debido a que no terminaba de encontrar un modo de defenderse de esa invasión. Denunciar era difícil sin testigos ni pruebas.
El asunto llegó a su punto más fuerte durante una comida de empresa. El jefe, bastante bebido, no dejó de hacer alusiones indiscretas a ella. Algunos compañeros varones corearon las ocurrencias con carcajadas. Marta quiso responder, pero la intervención inoportuna de una compañera le cortó el paso. Cuando llegó a casa lanzó el abrigo contra pared dando rienda suelta a su rabia. Su cabeza giraba sin parar, Deseaba tomar represalia frente a tanta agresión y al mismo tiempo hacer tabla rasa sobre todo lo ocurrido. En un intento de ordenar su cerebro, Marta cogió un bolígrafo y empezó a plasmar en un papel todos los acontecimientos hasta que el sonido del móvil la distrajo de su tarea. La joven echó un vistazo a la pantalla. Era Rosa, la compañera de recursos humanos.
-Hola Rosa, dime
-Hola Marta, te llamaba para saber cómo estás
-Estoy que fumo en pipa y harta
-¿Harta… Qué quieres decir?
Marta le contó a su interlocutora todo lo sucedido con anterioridad. Al otro lado del aparato, Rosa lanzaba exclamaciones de asco
-¿Qué piensas hacer? Preguntó Rosa
-De momento, respondió Marta, tomarme una pastilla para dormir. Después buscar asesoramiento.

Un camino sin llegada

El martes o el miércoles, no me acuerdo bien, escribí, después de cavilar el relato de mi vida. Empecé con palabras sencillas y después fue como jugar a deslizarse por una pendiente. Entonces volví a ser una niño, pero en vez de utilizar juguetes, usaba palabras, hasta que mi historia tomo forma. Cuando por fin recuperé la calma, tras haber estado tan arriba, como dicen por ahí, me di cuenta de que aquella gran obra era un paso más en un camino sin llegada, lleno de escalones: Dependía solo de mi que valiese la pena recorrer cada uno de ellos.

Mañana mismo

Siempre deseó volar. De joven le habría gustado ser piloto, pero en su ligar de origen no había donde aprender, ni sus padres estaban dispuestos a invertir dinero en profesiones románticas, de modo que tuvo que conformarse con estudiar administrativo. No le gustaban aquellos estudios, sin embargo los realizó con poco esfuerzo y al poco de terminar en la academia, encontró colocación en una empresa de muebles. Allí conoció a Mariluz, la secretaria, se casó con ella. Tuvieron tres hijos que criaron entre los dos pasando por los altibajos propios de la vida en común hasta que llegó el momento de jubilarse. Para Mariluz esto no supuso ningún problema. Aficionada a hacer mil cosas a la vez, no dudó en apuntarse a talleres de manualidades y de pilates. Él en cambio se quedó vacío. En su biblioteca no cabía un libro más sobre pilotaje o aviónica. Se pasaba el día paseando o mirando las noticias sin ningún interés. Su mujer, sus hijos insistían en que buscase algún pasatiempos.
-Algo con lo que puedas tener esa cabeza ocupada solía decir su mujer.
Trabajo inútil. Por mucho que le daba vueltas, Víctor no encontraba nada que lo llenase salvo la idea de volar. Era cierto que había viajado en avión y había tenido subidones, como dicen los jóvenes de adrenalina con los despegues, pero nada comparable con el hecho de sentir en las manos el control de un aparato. En sus paseos miraba al cielo con nostalgia pensando en los años que ese viejo sueño había quedado aparcado, con la excepción de sus libros sobre el tema que devoraba con avidez los fines de semana o cuando llevaba a sus hijos al monte en el pueblo de su mujer para echar a volar un planeador que estaría perdido por alguna estantería del trastero, para resurgir con fuerza ahora que sus horas no estaban ocupadas. El día de su cumpleaños se levantó dispuesto a seguir con la rutina de siempre: Desayunar y vagabundear sin rumbo por el sendero que habían construido cerca de su edificio. Estaba cogiendo su chaqueta cuando Mariluz le dijo.
-¿Puedes ir al supermercado? Necesito algunas cosas Los chicos vienen a comer hoy a casa.
Él apretó los dientes. No le gustaban en exceso las celebraciones de cumpleaños. Había transigido con las de sus hijos mientras fueron niños, pero una vez estos llegaron a la adolescencia se limitaba a regalarles dinero para que invitasen a sus amigos. Por eso no dudó en protestar ante lo que se avecinaba.
– ¿Para que los has molestado? ¿No sabes que están ocupados viviendo su vida, qué necesidad tenías de llamarlos ?
-Fue cosa de ellos. Ayer Javi llamó y dijo que tenían que hablar contigo
Víctor compuso un gesto de extrañeza
-¿Conmigo? ¿Para qué? Bastaba con que me hubiesen llamado por teléfono
Mariluz alzó las manos en señal de impaciencia
-Mira que eres soso. Quieren estar con nosotros; hoy es buena ocasión. Además quieren darte una sorpresa
-¿Ah si? ¿Sabes qué es?
-¡Como si lo supiera! No han querido decirme nada. Ya lo averiguarás cuando vengan. Ahora sal de aquí y vete al supermercado. No me sobra el tiempo.
El hombre cogió la chaqueta resignado. Por el camino, mientras recordaba la lista de la compra volvió a cavilar sobre su reciente obsesión por volar. Quizás la sopresa tuviera que ver con eso,. No imposible. Antes de entrar en el supermercado se detuvo, vació sus pensamientos y se dispuso a esquivar amas de casa y carros de la compra. Poco tiempo después estaba en casa con dos bolsas llenas de provisiones. Mariluz se apoderó de ellas y entró en la cocina. Victor se retiró al salón, encendió el televisor para ver el programa de actualidad. La tranquilidad duró poco. Los hijos fueron llegando de forma escalonada. Primero Javier el mayor, con una botella de vino en la mano. Después Marcos y Dani con una bandeja de pasteles. Tras abrazar a su padre, los tres entraron en la cocina para saludar a la madre. Al poco tiempo Víctor oyó una voz airada.

-¡Salid de aquí ahora mismo. Dejad las patatas en paz, venga. Id a ayudar a vuestro padre a poner la mesa!
La comida transcurrió con cordialidad. Los chicos, que ya eran hombres, se peleaban por contar a sus padres como les iba en el trabajo. Por un momento Victor pilló a su hijo menor observándolo con aire de misterio. Sin embargo él decidió no darse por aludido y siguió el ritmo de la conversación. Javier iba a ser ascendido en su trabajo. Mariluz no cabía en si de orgullo. El mayor siempre había sido su preferido. Cuando llegó el momento de tomar el café, Marcos, el más impulsivo de los tres se le acercó y le dijo
– Papá si no lo digo reviento, tenemos una sorpresa para ti
Los otros dos hermanos protestaron
-Eres un metepatas. Podías esperar un poco
-Bueno, bueno calma, intervino Víctor posando su taza de café en la mesa, a ver que es ello. Pensaba que la sorpresa erais vosotros. Para mí es regalo suficiente.
-¿Tú crees ? Dijo Javier. Papá eres demasiado modesto. Anda Dani dáselo ya. Da igual que sea antes que después.
Dani se levantó y se acercó a su padre con un sobre en las manos. Víctor lo cogió, Estaba cerrado.
-Vaya estáis todos dispuestos a que me esfuerce ¿No?
-Claro le dijo Mariluz si no no hay intriga. Anda abre y dinos lo que es. Que me muero de curiosidad.
Víctor no se hizo de rogar. Con la ayuda de un cuchillo rasgo el sobre. Sacó el papel que había dentro y lo desdobló: Era un curso de pilotaje de avioneta. El hombre enmudeció. Sus ojos se llenaron de lágrimas. El sueño de su vida iba por fin a cumplirse. Cuando se recuperó del impacto abrazó a sus hijos.
-Esto no me lo esperaba, chicos, no me lo esperaba. Pero eso ha tenido que ser un dineral
Marcos le puso un dedo en los labios
-No te preocupes y disfrútalo. Es un regalo de cumpleaños y jubilación. Te lo mereces
-Muchas gracias muchachos. No sabéis lo emocionado que estoy… ¿Cuándo empiezo?
El resto de la familia se echó a reir, satisfecha de la reacción del padre. Javier tomó la palabra y dijo
-Mañana mismo.

Mi escaparate particular de vanidades