UN FUTURO EMOCIONANTE E INCIERTO

El martes de 2040 llegó al espacio. Un escalofrío de emoción recorrió su espalda; el miedo y la ilusión se mesclaban en su interior a partes iguales.

Desde la ventanilla de la nave espacial, veía el globo azul de la Tierra alejarse. Allí quedaba su vida pasada: La tumba de sus padres, su divorcio y unos hijos que poco a poco iban volviéndose unos extraños.

Cuando la Agencia Espacial Casiopea anunció que se necesitaban voluntarios para colonizar Marte, no se lo pensó dos veces; liquidó toda su vida. Vendió su casa, dejó su trabajo y se despidió de sus amigos que le desearon la mayor suerte del mundo, aunque no podían disimular su preocupación por las turbulentas condiciones climáticas del planeta rojo.

El día señalado para el despegue, llegó con una mochila cargada solo con lo indispensable; sin volver la vista atrás, se subió al cohete lanzándose sin red hacia un futuro emocionante e incierto.

NOCHE TRAIDORA

La noche es traidora.

Al menor descuido

tiende su telaraña oscura.

Una vez que envuelve,

la desazón invade el cuerpo,

paraliza la mente

y emborracha con infelicidad

y obsesiones. La hora

de las tinieblas

no es el mejor momento

para salir a buscar oro

con que cerrar las grietas.

ESO, MEJOR QUE UN DIVORCIO

Entró en la iglesia un martes. Como en mucho tiempo que no hacía, se santiguó y avanzó hacia el altar.

El ambiente, lleno de penumbra, olía a la cera de las pocas velas que aún se encendían en el sagrario o ante la imagen patronal del templo; la mayoría habían sido sustituidas por otras electrónicas.

“Así se evitan incendios” pensó mientras continuaba su avance por entre los bancos para llegar hasta la hornacina de la Virgen.

Ella cerró los ojos, intentando componer una oración, pero su mente se encontraba presa en un remolino de ideas que le impedían fijar la atención en el rezo.

Desde que su hija mayor le había dicho que su intención era irse a vivir con su novio, se sintió dividida entre los imperativos morales que habían regido su vida y el deseo de comprender y apoyarla en sus proyectos de vida,

Mientras trataba de recitar mentalmente el Padre nuestro, se acordó de su hija a los trece años. Alicia era entonces una preadolescente introvertida, casera que se enfrentaba con timidez y perplejidad a los misterios del mundo. Ella, siempre al quite, se había ofrecido a ser su confidente; hasta el momento Alicia había sido un libro abierto para ella; todo cambió cuando cumplió los diecinueve años. Por esa época comenzaba la facultad; lo más seguro era que la muchacha estuviese expuesta a experiencias diferentes al camino que se le había trazado desde casa.

Entre los diecinueve años hasta los veintitrés que su hija acababa de cumplir en enero, ella no le había conocido ningún novio. Por eso cuando la chica llegó anunciando que iba a irse a vivir con su chico, al que todavía no conocían, la noticia cayó como una bomba. Su marido dio un puñetazo en la mesa y abandonó la casa dando un portazo. El resto de los hijos apoyaba a su hermana, de modo que ella se había quedado en tierra de nadie sin saber qué hacer ni qué decir porque antes de que pudiese hacerlo, los hijos pequeños ya habían dejado el comedor.

Confusa, sin tener una idea clara sobre cómo moderar el conflicto, salió a la calle dejando los cacharros a medio fregar, y había recalado en el templo con la esperanza de poner en orden sus pensamientos.

Poco a poco el ritmo de su respiración se fue calmando. El bloqueo que impedía que continuase con la oración se disipó. La cosa estaba clara. Su hija era mayor de edad y podía irse de casa cuando quisiese. Habría que aceptarlo. Eso si, ella le diría a Alicia que se había precipitado y que al menos les presentase a su novio. Después solo cabía pensar que eso era mejor que un divorcio.

SEGUIR ADELANTE

Encontró el trébol un martes ¿O era un lunes? Lo cierto era que se trataba de un día laborable. La calle estaba atestada de gente; era hora punto, por lo que fue una casualidad que lo localizase en parterre de un parque cercano al café que frecuentaba para tomarse un vino.

Fue casualidad. Era bastante grande; tenía las cuatro hojas. Este hecho le recordó algo que había mantenido en el olvido durante mucho tiempo: La suerte tenía que buscársela uno mismo.

Una onda eléctrica sacudió todo su cuerpo. Por primera vez, las palabras de psicólogo cobraban sentido. De forma instintiva rebuscó en su cartera olvidándose del trébol, que seguía fijo en su porción de tierra como si esperase a que lo cogiera.

No, aquí no. Aquí… No, tampoco. La tarjeta apareció por fin en el compartimento del carnet de identidad. Sin pensárselo dos veces, cogió su móvil (por suerte aún quedaba batería) y pulsó en la pantalla el número que le había dado su hermano. Usando su voz más asertiva, educada, recordando bien quien era, acordó con la voz profesional y femenina del otro lado del aparato, la entrevista de trabajo para el día siguiente a las nueve en punto de la mañana.

Cuando la comunicación acabó, él sintió que en parte se le había quitado un peso de encima, pero no se confió “Tendré que ir poco a poco, pensó, al menos he movido esta parte de mi vida, sin embargo aún tengo muchas cosas que resolver, heridas que cerrar para poder seguir adelante.

Así, satisfecho, como hacia tiempo que no estaba, cambió de dirección. En vez de ir al café, se fue a una tienda a comprar ropa nueva.

ALGUNOS CAMBIOS

Cogió un cigarrillo a la madrugada; dio una bocanada. Después de haber dejado el tabaco hacía unos meses, expulsó el humo con verdadera fruición hasta verlo desvanecerse en la oscuridad del cuarto.
El miedo a quemar la sábana con alguna colilla que pudiese caer encima del tejido, la hizo abandonar el lecho y encender la luz de la mesita. Un rápido vistazo al despertador le hizo saber que aún eran las cuatro de la mañana. La mujer buscó algo que sirviese de improvisado cenicero y continuó fumando hasta que el sabor a nicotina impregnó sus papilas gustativas. Entonces el placer sentido esos minutos atrás se convirtió en repugnancia; un sabor amargo llenaba su boca. Bufando de rabia aplastó el cigarrillo contra la superficie de la bandeja de porcelana que le servía de cenicero y se dirigió hacia el cuarto de baño para lavarse la cara; sabía por experiencia que cuando el sueño se interrumpía, no había forma de volver a conciliarlo.
El contacto con el agua fría le hizo bien. Daría volvió a su habitación, cogíó la ropa depositada en la mecedora, al lado de la cama, y comenzó a vestirse evitando a toda costa encontrarse con el espejo situado encima de la cómoda.
Desde que había llegado a la cincuentena, su cuerpo había sufrido una serie de cambios con los que no se sentía a gusto. Nunca había sido una sílfide, siempre había tenido los hombros y la cadera anchos, pero en el recuerdo de sus años más jóvenes se veía a si misma con cierta esbeltez gracias a una breve cintura y a un estómago colocado en su sitio. En cambio, ahora, mientras se ponía los pantalones vaqueros no podía evitar el hecho de sentirse como un saco de patatas.
La mujer dio un suspiro resignado. El maldito espejo había terminado por encontrarla. Ante si tenía un cuerpo relleno con barriga demás y el estomago que abultaba un poco cuando se ponía de perfil. “Basta de tonterías”, pensó. Con un movimiento rápido se puso el jersey. Al menos el color granate la favorecía; dando un guiño a la imagen que le devolvía el azogue, abandonó el dormitorio en dirección a la cocina. De forma mecánica sacó una taza del armario y se dispuso a prepararse un café.
Mientras la infusión se hacía en la cafetera, Daría miró por la ventana. Afuera todo estaba oscuro. A penas se atisbaba el edificio de enfrente iluminado por la luz mortecina de una farola adosada a la pared del inmueble. Ella cogió taza y empezó a beber su contenido sin apurarse. Poco a poco la cafeína la fue despejando. Eso hizo que sintiese hambre; cogió el pan del día anterior, lo cortó en rebanadas y empezó a untarlas con queso fresco que sacó de la nevera. Una vez saciada se dispuso a lavar el servicio; después encendería el televisor en el salón para ver una película en el Chromecast .
Sin embargo una inquietud sorda le impidió llevar a cabo su plan antiinsomnio. Siempre el mismo bucle, la misma necesidad que ella no acababa de deslindar si se trataba de algo que sus sentimientos demandaban o la presión social. Ella era la única de la pandilla que no tenía pareja.
Tras la muerte de su madre, reconocía que en su vida había un hueco tan grande que no podía llenar, por mucha actividad que se echase a la espalda. Cuando acababa el día, en el momento de volver a casa, las paredes se le venían encima. Muchos conocidos y algunas amigas la animaban a que buscase un compañero, pero ella mientras estuvo pendiente de su progenitora no encontraba nunca el momento; en la actualidad el cansancio acumulado por el estrés de la enfermedad y la muerte unida a la imagen que le devolvía el espejo la hacían sentirse insegura.
El tiempo pasaba despacio, Daría tuvo la tentación de ir hacia el dormitorio para buscar otro cigarro que le calmase el nerviosismo, que se estaba apoderando de ella. No obstante cuando llevaba ya medio pasillo recorrido, desechó la idea; sin tabaco su gusto y su olfato habían vuelto a la vida, sin tabaco también respiraba mejor. 
-Mañana mismo cuando haga limpieza, me desharé de esa cajetilla. Palabra de forestal juvenil, se dijo dispuesta a volver al salón.
En ese momento sonó el móvil. Daría se sobresaltó. Aprensiva cogió el aparato y miró la pantalla. El número que aparecía en ella era el de su amiga Pili. Seguro que a estas horas se había levantado para ir a trabajar.
-Hola Pili ¿Pasa algo?
-Nada Mari, todo bien. Como vi la luz en la ventana de la cocina pensé que podías tener algún problema ¿Estás bien?
-Sí, solo que no podía dormir y me levanté porque en la cama no haría otra cosa que ponerme nerviosa ¿Te vas ya a trabajar?
-Sí, cojo el coche y me pongo en ruta para ir a la faena, pero he estado pensando que cuando vuelva podíamos salir a caminar ¿Qué te parece?
-Estupendo, replicó Daría con entusiasmo, el ejercicio me vendrá bien, pero tú ¿te encontrarás con ánimo?
 -Claro. Después de estar sentada horas en la oficina y tanto coche, me vendrá bien airearme. Y así hablamos que hace tiempo que no se te ve el pelo.
-Vale ¿A qué hora y dónde? Preguntó Daría
-En tu portal a las siete y media, contestó Pili. Ahora tengo que dejarte sino se me echará el tiempo encima. Nos vemos, chao
-Chao, que tengas un buen día dijo Pili tocando en el icono de colgar.
El teléfono se quedó en silencio. Daría sonrió como no lo hacia en mucho tiempo. Buscaría el chándal y las zapatillas. Pondría el armario patas arriba si era preciso. 
Ni corta ni perezosa la mujer enfiló hacia su habitación. Mientras iba sacando jerséis y pantalones de los que ya ni se acordaba pensó “Aquí hay prendas que no me valen. Hay que deshacerse de ellas y realizar algunos cambios”

FUERA DE LUGAR

Amor mío:

No sé cómo empezar esta carta. Tengo miedo de que las palabras no lleguen a alcanzar la suficiente extensión para decirte lo mucho que significas en mi vida. Desde que te has ido, me ha quedado un hueco que no puedo llenar con otra cosa que no sea la remembranza de tu sonrisa, tu mirada, tu rostro…

Día a día te busco entre la gente por la calle; solo encuentro un montón de rostros anónimos que me hacen sentir todavía más tu ausencia. En casa, las cosas están como siempre a excepción del gato. No para de dar vueltas por todas las esquinas buscándote. Muchas veces se para de manera repentina; se me queda mirando como si estuviese preguntándose cuándo vuelves.

Esa misma pregunta me la hago con verdadera obsesión todos los días. El trabajo, mi mayor fuente de satisfacciones, se ha convertido en una tortura. Hay momentos en los que tengo la tentación de dejarlo todo para salir a en tu busca, pero sé de forma positiva que no sabría donde encontrarte.

Pasa el tiempo, tu recuerdo en vez de atenuarse crece aún con más fuerza ¡Cómo echo de menos nuestras bromas, las que solo entendíamos nosotros; esos momentos en el desayuno de los domingos, cuando comentábamos los incidentes de la semana o todas aquellas anécdotas que nos hacían reír como locos ¿Te acuerdas de mi bautismo de buceo? ¡Cuánto te reías con mis ataques de nervios! Si entonces me faltaba el aire, ahora me duele hasta respirar.

La tarde pasada caminando por el parque, vi a una pareja. No tendrían más de veintitantos años pero ya hablaban de planes de futuro, mientras se intercambiaban besos y miradas de complicidad. En ese instante pensé que se me paraba el corazón por culpa de la nostalgia de lo perdido. A toda prisa me marché de allí, incapaz de ver a las personas que se cruzaban en mi camino. Solo tenía una idea en el cerebro: Llegar a casa y poner el CD de nuestra canción. Mientras sonaban sus notas, empecé a escribirte cartas que fui rompiendo una a una porque no hallaba la forma de expresarme. Unas veces era cursi y las otras, patética.

Hoy que estoy relativamente serena en nuestro café, vuelvo a escribirte por milésima vez para hacerte llegar lo sola que me siento sin tu compañía. En este momento en que la cafeína va dejando de hacer efecto, me vendría bien tu abrazo. Sin él me siento como si no tuviese ningún lugar a donde ir.

Cada vez que coincido con nuestros amigos, trato de poner la mejor cara posible, sin embargo por dentro me derrumbo; me faltas tú, me encuentro fuera de lugar .

Vuelve mi amor. Tengo ganas de ver todas tus cosas ocupando la mitad del armario, de coincidir contigo en el cuarto de baño y aspirar tu perfume hasta perder los sentidos. Vuelve, creo que debemos hablar y salvar lo nuestro. Deseo con todas mis fuerzas que tengamos de nuevo esos sueños de futuro que fuimos construyendo en nuestro devenir y hasta hace poco eran el centro y el motor de nuestra relación.

Ya no me queda nada más que despedirme. No quiero ser pesada. Mañana, como muy tarde, le entregaré esta carta a tu mejor amigo. Él sabrá mejor que yo a donde localizarte para dártela. Con todo mi amor: