Manos frías

MANOS FRÍAS
El amarillo de la piedra arenisca de la catedral brillaba como el oro bajo el sol de la mañana. La plaza estaba en silencio. Solo algunas palomas madrugadoras picoteaban en el suelo buscando no se sabe qué mientras batían sus alas agitadas.
Susana Jimenez, estudiante de primero de filología caminaba con paso rápido. En su reloj marcaban las ocho y veinte; la primera clase del día estaba programada para las ocho y media. Reprimiendo un bostezo, hizo un repaso mental del horario. Clase de lingüística ¿A quién se le habría ocurrido poner una clase así a esta hora? Lo más seguro a algún imbécil que se había olvidado de lo que era ser estudiante.
Resignada a no encontrar a nadie con quien fumarse esa molesta primera hora, la muchacha avanzó por la callejuela que unía la plaza de la Catedral con la plazuela donde se encontraba la facultad.
Cuando llegó a la puerta del aula que correspondía a su curso, Susana se sorprendió de no encontrar a nadie conocido en el dintel de la puerta. Cuando lo cruzó algunos compañeros se acercaron a ella con gesto serio, otros tenían los ojos hinchados de llorar
-¿Qué pasa? Preguntó inquieta
Isolina, que estaba más serena, se aproximo a ella y le dijo sin rodeos
-Es Asier. Ha tenido un accidente de coche
Susana se quedó paralizada, Asier su compañero de instituto, de escuela… Se conocían desde parvulitos. Con un rápido movimiento de cabeza se obligó a reaccionar
-¿Y está bien?
Isolina giró la cabeza negando
-¿Ha…?
No pudo pronunciar la última palabra. Las lágrimas acudieron a sus ojos. Isolina y otra compañera que no pudo identificar, la cogieron por los brazos.
– Vamos a la cafetería, Susi,-dijo Isolina-. Allí te lo contamos todo.
La chica se dejó llevar como un autómata. A su alrededor las personas y las cosas carecían de forma precisa. Afuera el sol seguía dorando los edificios cercanos pero ella solo podía percatarse de que tenía las manos frías.

Con las ramas a flor de piel

Últimamente piensa:
“ENo vale la pena”
Se pregunta
si el simple acto
de maquillarse,
de llevar la carrera cotidiana
merecen la pena
¿Dónde está la meta?
¿Dónde los espejismos?
A cada lado
de la ventanilla
un paisaje de árboles
con las ramas
a flor de piel.
Solo uno, al fondo
del terraplén deja
asomar unas florecitas diminutas.

Esfuerzo.

El río estaba crecido. Desde lo alto de la escollera, se lo oía bramar violento mientras arrastraba las piedras del fondo. El hombre miró a la corriente de agua turbia y pensó que ese sería un buen momento para retirarse.
Levantó la vista al cielo. Una nube gris, oscura, amenazaba con lluvia. Apretando el paso, el caminante se dirigió hacia la salida más cercana al pueblo. Quería llegar pronto a casa para coger ese libro y hundirse en la historia que estaba leyendo. Pero algo, un ruido, lo obligó a detener sus pasos.
No muy seguro de lo que oía se volvió hacia la escollera. Una voz de mujer o de niño pedía socorro con angustia. No se lo pensó dos veces, echó a correr en la dirección de donde procedía el grito. Por suerte sus caminatas matinales le permitían mantenerse en forma.
A toda prisa descendió el terraplén sin tener en cuenta que el peso de los zapatos podía arrastrarlo hasta lo más hondo, sin acordarse del reloj heredado de su padre y de su abuelo. A grandes brazadas se puso a luchar contra las aguas. Esfuerzo inútil. Horas después encontrarían los dos cuerpos enredados entre la maleza.

Sergio en vez de Rosa

SERGIO EN VEZ DE ROSA
Era un placer quemar en martes, o en cualquier otro día esas fotos que representaban una identidad que ahora no me corresponde.
Esa tarde me acerqué a la casa de mis padres para vaciarla, paso previo de ponerla a la venta. Como os imaginaréis removí cajones, armarios.. hasta que encontré el álbum con las fotos del colegio, la adolescencia. En ellas aparezco como una niña, un tanto especial según el punto de vista de los padres de mis compañeros, profesores y mi propia familia.
Fueron pasando los años. En casa se alarmaron cuando nada más cumplir los diecisiete años comencé a afeitarme, sin dar señales de menstruación.
-No eres el primer caso de mujer barbuda, me comentó alguien con sorna .Mi madre en ese momento estuvo inspirada y convenció a mi padre para que me llevara al médico. Alguna explicación habría de tener ese desequilibrio hormonal.
Tras un examen riguroso el doctor dijo.
– Lo que le ocurre a su hijo es lo habitual a su edad.
Síndrome de Kinefelter. Mis atributos varoniles habían quedado ocultos por un exceso del cromosoma X. Ni que decir que a mis padres y a mi el mundo se nos vino encima. En vez de Rosa como era conocido, tendría que llamarme Sergio.
En el pueblo la noticia se corrió como la pólvora. Después de pasar por la operación quirúrgica y tras el examen y papeleo en el juzgado, mis padres, para evitar curiosidades malsanas, me enviaron a casa de unos tíos. Ellos me matricularon en un instituto de su ciudad; allí terminé mis estudios de bachiller e ingresé en la facultad siendo conocido por Sergio sin que hubiese sospecha de mi pasado.
La enfermedad de mi padre me obligó a volver de nuevo al pueblo. Mi progenitor padecía alzhéimer y mi madre se veía desbordada a la hora de cuidarlo. Cuando algunos desviaron la vista para no tener que hablar conmigo; otros seguían empeñados en llamarme Rosa como si no hubiese ocurrido nada.
Mientras duró la dolencia de mi padre, ignoré estos hechos manteniéndome ocupado en ayudar a mi madre a sobrellevar la desaparición de su marido en vida y su continuo deterioro hasta su muerte. Pocos meses después ella le seguiría a la tumba. Por eso ahora que los dos me han dejado, no tiene sentido que continúe en un lugar donde soy un extraño que no encaja ni en los esquemas ni en la vida de sus antiguas amigas.
Meses más tarde después de dejar todo resuelto, encendí la cocina de carbón y empecé a arrojar una a una las fotos y todo aquello que me parecía superfluo. Mientras las llamas devoraban los recuerdos, me fui sintiendo liberado y listo para emprender una nueva vida.

Que sea por muchos años

QUE SEA POR MUCHOS AÑOS
Cenó bacalao el martes porque ese era el día que todos habían acordado para celebrar el cumpleaños de la madre. Desde que había comenzado su duelo se había negado a acudir a este tipo de eventos; esta vez hizo una excepción debido a la insistencia de su hermana Lola.
El restaurante estaba a rebosar. A la mesa que ocupaban llegaba un bordoneo provocado por las conversaciones y el trasiego de la cocina. Ese ruido y la luz tan fuerte de los focos, lo mareaban. De buena gana se habría ido de no ser por la mirada imperativa de Lola, que lo obligó a permanecer quieto en su silla como si fuese un chiquillo.
El ágape comenzó con una conversación trivial acompañada de unos entrantes de verdura, seguida del plato de bacalao, -comida favorita de la festejada, -acompañado de unas rodajas de patata bien doradas. A desgana él mordisqueó la verdura y se dejó servir su parte de pescado y acompañamiento. Primero se llevó una patata a la boca. Después, de una manera casi inconsciente, empezó a trocear su porción y dio cuenta de su primer trozo.
A partir de ese momento se olvidó de todo lo que le rodeaba centrándose en el plato. Al otro lado de la mesa, su madre lo observaba comer con una mezcla de ironía y satisfacción. Cuando levantó la vista, la autora de sus días le dijo
-Ya puede caersete el mundo encima que siempre tendrás buen apetito. Da gusto darte de comer. Eso es señal de que saldrás adelante.
El resto de los hermanos celebró el humor fino de su progenitora con una risa discreta. Él se limitó a sonreír como no hacía en mucho tiempo, -pues había dejado vacío el plato,- y alzando su copa se dirigió al resto de los comensales.
-Venga hermanos, cuñados, vamos a brindar por nuestra querida matriarca que con su retranca nos pone el acicate para que continuemos avanzando. Por ti mamá. Que sea por muchos años.

BIENVENIDO AL FRÍO

Se le congeló el meñique el martes. Sí, de eso estaba seguro porque ese día le tocaba a él mirar en el buzón para recoger el periódico antes del desayuno.

El frío era intenso. El cielo tenía un color blanco crudo; por la ventana del aula se veía pasar algún que otro coche por la calle vacía. Era la cuarta hora de clase, cuando empezó a notar algo extraño en su mano. En un acto reflejo movió todos los dedos, pero no pudo sentir el último. Con inquietud, incluso algo de curiosidad volvió a repetir la operación; el resultado era el mismo.

Asustado, miró a todas partes buscando a quien dirigirse. La profesora continuaba con su explicación; el resto de los compañeros se encontraba inmerso en la clase. Solo una compañera que estaba un asiento tras él se dio cuenta de que había un problema; dándole unos toques en el hombro le dijo.

-Pídele permiso a la señora Cuningan para ir a la enfermería, te estás congelando. Bienvenido al frío, chico de clima cálido.