Te necesitamos para llorar

TE NECESITAMOS PARA QUE NOS AYUDES A LLORAR
El hombre terminó su jornada. Había sido un día difícil. No era sencillo crear lágrimas donde no eran bien recibidas. En aquel velatorio, todos o al menos la inmensa mayoría de los asistentes, pretendía guardarse su pena como si esta fuese un objeto de bolsillo.
Esa situación le produjo tal dolor que no tardó en emitir unos sollozos que arrastraron a la concurrencia a dar rienda suelta a sus emociones hasta que finalizó el funeral. Cuando todo terminó tenía los ojos enrojecidos y la satisfacción del cliente que prometió llamarlo para una próxima ocasión.
Gerardo era creador de lágrimas a contrapelo hacía veinte años. Desde niño había tenido la facultad de llorar de forma copiosa aunque a su alrededor los demás varones pareciesen auténticas esfinges.
Después de pasar por varios trabajos en los que no encajaba él decidió aprovechar su don, por así decirlo, con el fin de desarrollar su futuro profesional. En el seno de su familia, la decisión cayó como una bomba, especialmente para su padre. Gerado senior era un hombre que se consideraba de una sola pieza. El llanto era cosa de mujeres. Mientras Gerardito fue niño, toleró esa capacidad de llorar a regañadientes. Pero a medida que el mayor de sus hijos varones crecía, el asunto se le hizo intolerable.
Por todos los medios trató de reprimirlo. Recurrió a la ridiculización, al castigo. Incluso lo obligó a trabajar en la construcción donde se rieron de él porque con ocasión de un accidente en la obra, derramó tantal cantidad de lágrimas que contagíó su llanto a gran parte de los viandantes que pasaban por el solar.
Un buen día Gerardo se armó de valor. Dejó su trabajo de albañil, abandonó la casa paterna y se fue a la ciudad a buscarse un futuro.
Al principio las cosas fueron difíciles, pero con el tiempo se fue haciendo un hueco. Ahora era raro que un organizador de eventos no contase con él para poder dar un toque de emoción a sus celebraciones. Sus lágrimas eran recibidas con agradecimiento.
Gerardo se lavó la cara, puso en marcha el contestador y se dispuso a escuchar los mensajes. La mayoría de ellos eran cosas profesionales. Él tomó nota de cuanto le decían y se dispuso a desconectar el aparato.. Entonces en ese instante entró el último mensaje. Cuando lo oyó su corazón dio un vuelco. Era la voz de su madre.
“ Hijo,-decía-. Tu padre ha muerto hace unas horas. El funeral será mañana. Por favor, ven. Te necesitamos para que nos ayudes a llorar”
Al oír estas últimas palabras, sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas por esa familia suya incapaz de exteriorizar su tristeza. Cogió una muda, la metió en una maleta y se puso en camino.

UN SOFOCÓN
Llegó el día del convite. La casa era un trasegar de manteles, platos y vasos. De la cocina venían aromas que prometían un gran banquete.
-¿Está lista la tortilla? Preguntó alguien
Al punto se oyeron gritos de consternación. La dueña de la casa se fue directa a la nevera. Entre todas las cosas que encontró, faltaban los huevos. Agobiada echó un vistazo al reloj. Imposible, a estas horas las tiendas estaban cerradas ¿Qué hacer?.
La mujer miró por la ventana como buscando una inspiración. Esta apareció de golpe cuando Blanca, la encuentra cosas del barrio, aunque ella se hacía llamar abogada de curiosidades, cruzó la calle con sus eternos vaqueros desgastados, cargada con una cómoda desvencijada, que de lejos pedía a gritos un desinsectado y una mano de barniz.
Sin saber a ciencia cierta qué podría conseguir si recurría a ella, la anfitriona la llamó. Blanca dejó su carga a un lado y se aproximó a la ventana,
-¿En qué puedo ayudarte? Preguntó
-Tenemos una celebración en casa y nos faltan huevos para hacer la tortilla, -respondió el ama de casa angustiada- ¿Sabes dónde puedes encontrarlos?
-Déjalo de mi cuenta,-contestó la abogada de curiosidades con optimismo.- Tú entretén a los invitados que ahora te los traigo.
Pasó una media hora. Cuando nadie creía que la abogada llegaría a tiempo, Blanca apareció llevando a hombros un saco de nuevas curiosidades y en su mano libre una cesta de huevos.

PERROS JÓVENES
Cuando son jóvenes,
los perros miran,
otean por encima
del cinturón protector
de la manada.
Buscan lo nuevo,
lo distinto…
hasta que dejan
el plumón de cachorro.
La inocencia y lo demás,
se pierden en el negro;
solo queda la casa.

AQUELLAS SENCILLAS RODAJAS DE TOMATE Tomate. Hortaliza, roja como la sangre. Siempre que paso por un mercadillo es en lo primero que me fijo: en los tomates. Cuando están maduros huelen a tierra, a ácido y a sol, o eso al menos había en mi infancia. Olor. Ahora las frutas y las hortalizas vienen en frigoríficos y son algo inerte como el plástico. Pues verá, señor psicólogo, dejando a un lado las divagaciones propias de una anciana como yo, voy a contarle una historia que no sé si usted comprenderá porque es joven. Hoy en día existe una gran abundancia de comida, puede decirse que de todo. Durante mi niñez, después de la guerra, el alimento escaseaba. Era necesario hacer colas interminables para obtener lo más básico y claro está que de esta cesta de productos estaban ausentes las verduras y las hortalizas. Mi madre hacia milagros con eso y cuando no había aceite ,-entonces un artículo de lujo-, realizaba las frituras con manteca de cerdo. El día del santo de mi padre, uno de nuestros parientes del campo vino a visitarnos. Con él traía un saco y un cesto. Cuando mamá lo abrió, descubrió unos tomates grandes, de un rojo vivo. Al verlos mi primer impulso fue el de coger uno de ellos para llevármelo a la boca, como si fuese una manzana. Un manotazo dado a tiempo, me disuadió de hacerlo y tuve que conformarme con olerlos y ver como la autora de mis días los manipulaba para prepararlos. Aún recuerdo con claridad el ruido del cuchillo al partirlos, porque aquellos tomates eran consistentes por el mero hecho de estar frescos. Llenos de curiosidad, mis hermanos y yo seguimos atentos a las maniobras de nuestra madre. Después de trocearlos, los metió en una fuente; luego los roció en aceite y después les echó un poco de sal para, según sus palabras, alegrarlos. Mi hermano Luis preguntó. -¿Puedo probar un poco? -No,- respondió nuestra madre suave pero firme.- Hay que esperar a que tu padre llegue a comer. Con toda precaución nuestra progenitora guardó la ensalada en la fresquera y nos mandó al patio a jugar. Por fin llegó nuestro padre. Después de que él saludó a nuestro visitante, nos sentamos a la mesa. No me acuerdo muy bien de lo que se sirvió en esa comida. Lo que me quedó grabado en la memoria, fue el frescor de la rodaja en la boca; su sabor ácido, pero no sin cierto dulzor que en un momento me trasladó al huerto de casa de mi abuela bañado por el sol. Debí de quedarme suspendida porque al poco rato oí la voz regañona de mi padre diciéndome -¡Estás tonta niña! Come y deja de mirar a las musarañas. Mis hermanos rieron por lo bajo; yo mastiqué deprisa. Para el resto de mi familia aquello no era más que un trozo de tomate. Para mí, un viaje por los sentidos que abría la llave a la imaginación. Por eso, a pesar de que he comido muchas cosas en mi vida, no he podido olvidar ni el sabor ni la textura de aquellas sencillas rodajas de tomate.

Tal vez hasta el infinito

TAL VEZ HASTA EL INFINITO
Tengo las manos secas. No hay nada más que mirar el anverso para apreciarlo. La piel está surcada por pequeñas arrugas que forman un sinfín de ramificaciones, como si fuera la dermis de un cocodrilo.
Vuelvo a echar otro vistazo y me digo que parecen las manos de una vieja. La cosa no es grave, eso se arregla con crema; la pega es que no hay. Tengo solo lo necesario para vivir: algo de fruta y unas tristes alas de pollo. Con eso es suficiente para tirando.
No como mucho. Un café bebido para el desayuno (¡Vaya, se me olvidaba el café). Las alas de pollo fritas para la comida y a la cena me arreglo con un vaso de leche y unas galletas. Soy yo sola en casa; no me apetece cocinar.
La verdad es que he de reconocer que de un tiempo a esta parte no me apetece hacer nada. Me levanto todas las mañanas a la misma hora, voy al trabajo cuando lo marca mi turno y el resto del tiempo lo paso en casa frente al televisor. Solo salgo a la calle lo estrictamente necesario. Cuando me encuentro alguna conocida por la calle me pregunta.
-¿Dónde te metes ahora que no te ve por el mercao?
Yo me limito a forzar una sonrisa y contesto
-En casa, Tengo trabajo.
Mentira. De las tareas del hogar, me ocupo de forma somera. Lavo la ropa, me preparo la comida como he dicho antes, pero los cristales de las ventanas están grises de polvo. En otro tiempo eso me habría molestado; ahora me da igual. Ya no recibo visitas.
El otro día me llegó un correo electrónico de mi hermano. Me escribía desde Nueva Zelanda anunciándome que acababa de ser abuelo. Desde que se fue a las antípodas, toda nuestra comunicación se redujo a unas postales por Navidad y a algún e-mail perdido como este.
No sé muy bien lo que pasó dentro de mí cuando leí el mensaje. Por mucho que busqué, no fui capaz de encontrar un archivo adjunto con la foto del recién nacido. En lugar de una invitación para ir a Nueva Zelanda a conocer a mi sobrino-nieto, encontré unas palabras frías, escritas por puro compromiso.
La garganta se me cerró sin poder emitir ningún llanto. Pese a estar habituada a la soledad, esta cayó sobre mi como una avalancha, A partir de ese momento, me puse a coser botones de forma compulsiva descuidando las plantas, herencia de mi madre. Una a una se fueron secando hasta morir. Poco a poco la casa fue perdiendo ese aspecto acogedor que tenía cuando la habitábamos todos
Hoy, día de mercado, me dedico a deambular entre los puestos sin seguir una dirección fija hasta que en la calle alta del pueblo descubro un puesto de ropa que me llama la atención. Sus prendas son juveniles. Me gustan los colores pastel y verde menta. Eso es lo que al menos dice mi cerebro pero mis sentimientos dicen que soy demasiado vieja para ponérmelos. Incapaz de aproximarme para mirarlos más de cerca, voy sintiéndome como si lo estuviese viendo todo desde el objetivo de una cámara.
Merodeé tres veces por el mismo puesto sin tomar una decisión. Pude darme cuenta de que la chica que lo llevaba me estaba observando con ironía mientras hacía comentarios en voz baja a su vecina. Por lo que pude captar las dos hablaban de mi atuendo: un jersey a rallas verdes y una falda color burdeos que se mataban entre si. Y como no, también se acordaron de mi pelo. La chica del puesto le hace notar a la otra que está sucio.
Yo, simulo no haber oído nada. No tengo fuerzas para ofenderme. Tienen razón el jersey y la falda no casan; mi media melena no está, lo que se dice, presentable. Quizás me la lave cuando llegue a casa. Luego me echaré y dormiré un rato, tal vez hasta el infinito.

No te prometo nada

NO TE PROMETO NADA
El azúcar se hundía en el café. Ella abstraída, lo contemplaba diluirse en la taza, ajena a la desbandada de sus amigos y sus respectivas parejas, hacia los jardines del restaurante.
Tras la algarabía de la comida y la sobremesa, el ambiente de la boda había llegado a un impás poblado de murmullos, preludio del silencio anterior a los acordes de la orquesta.
Con desgana la joven comenzó a revolver el contenido de la taza. El café tenía cuerpo; olía bien. Después de la cerveza era su bebida preferida. Mientras la infusión se deslizaba por su garganta, ella dejó su mente en blanco para coordinar sus ideas.
Hasta el momento el día había sido alegre y emotivo. No solo se casaba una amiga; el enlace era la excusa perfecta para el reencuentro de la pandilla. Después de los primeros saludos y muestras de alegría, no tardó en sentirse desplazada cuando la conversación general derivó hacia futuros bebés, cuestiones de pareja y menaje. Estaba claro que en determinadas circunstancias ser soltera era un inconveniente.
Para salvar el escollo, sacó la cámara de su bolso y se puso a hacer fotos. No estaba segura del resultado, pero al otro lado del objetivo se sentía segura y capaz de moverse entre los grupos que se iban formando a la salida de la iglesia.
Cuando llegó el momento de la comida algunas de las bromas se convirtieron en pullas de gusto dudoso, que ella bandeó respirando mucho aire e ingenio. Nadie ignoraba que su última relación había sido un fracaso. Tras un año de noviazgo, José Luis había dejado de quererla sin apenas enterarse. De no haber planteado ella la ruptura, ambos seguirían perdidos en el limbo de la inercia.
Y ella no estaba dispuesta a tolerarlo, aunque de todos lados hubiesen caído clavos para crucificarla por este atrevimiento.
La orquesta inició su intervención. La joven apuró su taza y se dirigió a la pista de baile para ver si encontraba a sus amigos. Al no localizarlos, buscó a la hermana de la novia y su grupo.
-¡Venga Yolanda,-exclamo Cecilia- ven a bailar con nosotros!
Yolanda aliviada empezó a mover los pies siguiendo el ritmo de la música. Poco a poco su cuerpo se fue aligerando hasta que un cosquilleo le indicó que volvía a recuperar el buen humor, que empezaba a estar bien.
Una serie de golpes insistentes en su hombro, la obligaron a volver a la realidad. Leticia, la novia de su amigo Pablo, le indicó por señas que la acompañase. Yolanda se despidió de Cecilia y el resto del grupo, y se dispuso a seguirla de mala gana.
-¿Qué pasa? Preguntó sin disimular su disgusto. Leticia no se inmutó. Se limitó a cogerla por el brazo arrastrándola casi hasta la entrada del jardín
-¿Sabes? Hemos encontrado un novio para ti
Yolanda se detuvo en seco. Su cuerpo se quedó rígido; antes de que pudiera pensárselo se encontró diciendo con voz ronca.
-Leticia, cuando quiera un novio, ya me lo buscaré yo.
-No me cabe la menor duda,-replicó una voz masculina a su espalda-. Pero me gustaría bailar esta pieza contigo ¿Te animas?
La chica se giró, aún tenía las mejillas enrojecidas por la ira pero la espontaneidad del chico hizo que se fuese disipando el mal humor.
-De acuerdo, contestó ella algo más serena, pero no te prometo nada.

Laberinto

UN LABERINTO DE PÁJAROS ASUSTADOS
Los pensamientos se entrecruzan
por mi cabeza como un ejército
de balas de ametralladora.
Busco el centro,
pero solo cuando dejo
unos garabatos
sobre el papel
logro algo de silencio
capaz de acallar
este ruido que conduce
a un laberinto de pájaros
asustados. De mis ojos
sale ácido. Con la corrosión
viene la calma.